Miki Hauser en los años 60 viaja a Júpiter con su mascota en busca de una fragancia que mejoraría la calidad de vida de todos los terráqueos. Un simple olor, que podría mantener estupefactos a la especie.
Relato extraído del libro SOS Stradivarius de Miki Hauser
Mala traducción al castellano de Gaucho Sosa. Bogotá, Colombia.
Llegué a Júpiter.
Bajé de la nave con cierta cautela y cierta dificultad por eso mismo. Con pasos cortos bajé por la escalerilla de la nave Wester Unión cedida en este caso para el viaje.
Miré desde lo alto el polvo que había en el suelo del planeta. Eso hizo que mis piernas se lo pensaran un rato para dar el siguiente paso y darle a cada uno de los pies el impulso apropiado, concretamente: un tempo. Algo así como ochenta negras por minuto.
Pero en segundos estaba apoyado en el Planeta Júpiter. Habíajupeterizado en una planicie acolchonada, homogénea, más compacta que la harina Blancaflor y de color naranja.
Era 1967, el mes y el día los he olvidado. Puede que haya contribuido la paliza que me dio un motorista de campera negra de cuero caro con una inscripción prolija en su espalda que decía “Hells Angels”. O el exceso de Coca Cola que siempre me daba gases, y cuando éstos llegaban a la mente, perdía la memoria. También pudo haber contribuido al olvido, haberlo escuchado a Perón hablando desde el exilio para radio Colonia, con esa voz latosa parecida a la de Balbín, acentuando las erres con tonadita dulce a la manera de Stroessner.
Las casualidades no existen. Alfredo, el dictador paraguayo, cumplía años ese día. Era un 3 de noviembre. Cuando aparece la figura de Juan Domingo, todas las asociaciones de ideas que hago -no siempre ilícitas- hacen que recuerde el fundamento del concepto olvidado. Juan era esclarecedor, incluso cuando lo veía desde lejos en el palco dirigiéndose a una multitud hipoacùsica. El se hacía entender: era un maestro.
Entonces, todo parecía aclararse para mí. Ese día era el 3 de noviembre de 1967, y estaba viendo a Janis Joplin cantar su Ball and Chain en persona.
Estaba por ir a comprarme un pancho en el Festival –me refiero al Festival de Monterrey- cuando me detengo bruscamente alertado por una Harley que me llenó de barro el vaquero Lee. Entonces, grité: ¡Laconchituma!…
Al rato lo tenía encima de mi cara, muy enojado, como queriéndome grabar sus anillos de plata en la frente.
-Mira, amigo –le dije en un inglés básico de Texas- Yo soy un cobarde, y no se pelear (exageré un poco) por lo tanto seguro habrás de vencerme enseguida…
-Pero como soy un cobarde, ten en cuenta que de aquí en más, cuando te vea por la calle caminando te voy a dar un fierrazo por la espalda.
-Y todo porque soy un cagòn -seguí exagerando- por eso que –el fierro- te lo voy a dar por detrás. Te voy atacar desprevenido e indefenso.
Sin dejar de soltarme el cuello, se lo pensó algo así como 45 minutos, y cuando me vio algo morado, bajó la cabeza y se marchó. No sin antes –disculpen por haberlo omitido- tirarme a la laguna de Tonle Sap.
Se llamaba Hunter, y curiosamente la vida te da esas cosas cíclicas. Lo tuve de compañero en Vietnam un año después.
Había cambiado notablemente desde aquel día. Ahora, amaba la música de Queen y por las mañanas desayunaba café americano doble con tostadas.
Con los Vietcong no se jugaba a ser el bueno de la película, y Hunter colmó a nuestro pelotón con sus caprichos. Terminó con nuestra paciencia cuando nos dijo que no podía seguir con la guerra sin que nos expliquen por y para que combatía.
Se quedó allá. Todo lo que había comenzado como un juego de escondidas, se transformó en realidad.
Un día, mientras Hunt debía contar hasta 3.000 en el juego, cruzamos el río Mekong hacia Quy Nhon. Muchos de nosotros nos quedamos dormidos bajo la lluvia, sin acordarnos que Hunt seguiría sumando números con la cara tapada, apoyado en un sauce.
Hunt –suponemos- se aburrió de buscarnos y, vagando por la jungla sin hallarnos, decidió fijar su residencia en Hue, cuando finalizó la guerra.
Nos solemos comunicar por el Skype de vez en cuando. Ayer, casualmente, me paso el dato de la www.lastfm.es que me condujo al siguiente video.
Esto me hizo recordar a la vez que la vi desde primera fila cantar.
MUCHO hablamos de las migraciones de las tortugas, pero ¿no saben ustedes que también éstas han estado estudiando los hábitos migratorios de la especie humana? He aquí un informe presentado por un erudito grajo ante un seminario de doctas tortugas sobre el tema de: “Algunos aspectos del movimiento inmigratorio del homo sapiens en otoño”:
Durante mucho tiempo a nosotros los reptiles nos ha intrigado lo que pueda motivar las migraciones de los artistas, políticos, directores de orquesta, magos e ilusionistas, de sus casas al exterior a la primavera y a la inversa en el otoño.
No es cuestión de fechas marcadas por los calendarios, pues columpios, mecedoras y sillas de playa suelen quedarse a cielo abierto hasta fines de septiembre y mediados de noviembre. Tampoco es cuestión de temperatura pues como apunta, Woody Hauser en su monografía, cuando comienza el éxodo humano el termómetro bien puede oscilar entre los cero y los 96 grados centígrados. Una teoría propuesta por Tom Hauser (hermano de Woody) es que la altura del Sol en el firmamento será quizá lo que, en algún rincón del cerebro humano, provoca aquel impulso migratorio.
Todos conocemos las pintorescas costumbres migratorias de las humanas criaturas en la primavera: el ronco y malhumorado graznar del macho, el chillar de la hembra, la aguda gritería de las crías cuando las obligan a ir a Casa Foa. La irritación del macho llega al colmo durante el anual rito de realizar un asado para los amigos de su hembra; sus rezongos y gruñidos van en aumento hasta convertirse en juramentos estrepitosos.
¿Por qué los humanos no emigran en primavera como nosotras las tortugas? Al homo sapiens le falta la capacidad intelectual para alejarse del lugar de su nido primitivo, pese a las incomodidades del verano.
Aunque bien es cierto que incluso entre nosotras las turtles hay algunas que prefieren resistir los rigores del calor y permanecer dormidas soñando.
No es difícil coincidir en hora y fecha de una gran subasta: simplemente hay que mirar el diario del día. En Christie’s se remató una valiosa obra del hombre: un chorizo picado fino de San Pedro de 380 gramos.
QUEDÈ ABSORTOcuando personas vestidas rigurosamente de blanco enseñaron, fuera de la vitrina, protectora el famoso anillo Velho Sochori , que salía a la venta en una de las más famosas casas de subastas de Londres.
El martillo de raíz de rosa golpeó tres veces y destinó su señal al flamante comprador, que era yo mismo. En ese preciso instante me había convertido en el nuevo propietario del Velho Sochori. Un hombre afortunado con su minuto de gloria. La envidia del Museo del Jamón. El celos de muchos coleccionistas.
Datado por Miki Hauser (gp “Granfather”) circa de 1766-1045 aC, El primer Velho Sochori del que se conoce existencia aparece señalado en sus escritos como perteneciente a la Dinastía Shang. Hauser y su equipo de arqueólogos nunca hallaron restos, pero las pruebas efectuadas en el Massachusetts Holt Primary University of Lancean Teibl, con Carbono 14, fueron contundentes: “¡Es el primer chorizo de la historia de la humanidad!”
Las referencias históricas que encontró el abuelo Hauser, fueron significativas: las huellas del chorizo estaban en el valle de Juang. El reino Shang era una sociedad altamente desarrollada, gobernada por una clase hereditaria de aristócratas que confeccionaba el chorizo a la manera Manchega. Aunque esa región española era desconocida por ese entonces, se sabía que el chorizo lo intentaron los “íberos”.
Era muy simple conseguir que un marino Shang que haya atravesado el Gran Mar le cuente reservadamente al cocinero mayor cuales eran los platos preferidos en el occidente. Es predecible suponer, por tanto, que antes de la pasta del domingo (Marco Polo) los súbditos de Shang celebrarar una picada con base de embutidos.
Hoy los jóvenes sucesores de los Shang viven en armonía y perseverancia. Han instalado un supermercado cerca de mi casa, y tienen en una vitrina varios chorizos de marcas famosas (y por supuesto están dispuestos a discutir el valor con sus rivales coreanos). Pero no exhiben uno parecido al que tengo entrelazado entre mis dedos: un verdadero Velho Sochori.