Nacido en la ciudad de Montevideo una fría mañana de 1934, Washington Chocorocoy es bautizado bajo la Santa Iglesia Católica siguiendo los designios de su padre, aficionado a los nombres que comienzan con la letra “W”, tal cual lo demostraban sus cinco hermanos mayores Wilson, Wenceslao, Walter y Wilfredo.
La infancia del pequeño transcurre como la de cualquier niño uruguayo, alternando el potrero entre cebada y cebada, recibiendo tanto el amor incondicional de su madre por ser el mas pequeño, como también ocasionales palizas por parte de sus hermanos debido a la misma razón.
A mediados del año 1945 la segunda gran guerra llegaba a su fin, y la victoria de los aliados era pregonada con algarabía por radios y periódicos de la época. Es en este año en donde la vida del joven Washington tomará un nuevo rumbo, al descubrir, mientras consultaba un manual de historia americana para realizar una asignatura escolar, la similitud de su nombre con el prócer estadounidense George Washington.
Obstinado al no percatar las obvias preferencias nominales de su padre, Washington carga a la coincidencia con significado propio. Se inclina a creer que su nombre es especial, y que este carga consigo un destino concreto: el de convertirse en un orgulloso norteamericano.
De esta manera, su vida produce un profundo giro. Transforma sus uruguayas costumbres por unas totalmente extrañas a su entorno: no solo el candombe es automáticamente dejado de lado, sino que el mate, bebida nacional, se torna demasiado amargo para su paladar, con lo que comenzará a ungirlo en azúcares.
La situación se torna demasiado para sus puristas padres quienes, en 1949, pondrán al joven Washington de patitas a la calle, luego de que lo obligarán a ingerir tortas fritas sin ningún tipo de melaza. En su más absoluta soledad, y con tan solo 15 años, Washington decide seguir sus impulsos y toma la drástica pero valerosa decisión de concretar sus sueños: conocer los Estados Unidos de América.
Luego de un año trabajando como marinero, desembarca en la ciudad de Nueva York y decide recorrer el país, instalándose finalmente en la ciudad de Bacon, Georgia, en donde conseguiría trabajo en una hamburguesería local. Washington se adapta rápidamente las costumbres y el estilo de vida: bebe Coca-Cola y agita sus caderas ante algún rocanrol; en definitiva, se enamora intensamente del sueño americano.
Luego de trece años de arduo trabajo, logra, en 1965, inaugurar su propia tienda de electrodomésticos. Se convierte así en un norteamericano más que bebe cerveza todas las tardes en su porche, y contempla asombrado la conquista espacial por la televisión. Pero el fanático amor por su nueva patria mostraría su lado oscuro: el sueño americano peligraba.
El fantasma comunista y sus amenazas de una inminente guerra nuclear hostigan al pueblo americano, especialmente a nuestro Washington que, en un estado febril, teme por su vida, construyendo así, en el patio trasero de su casa, un refugio anti-bombas. Sin embargo, esto no sería suficiente para él. La idea de tener que vivir en un refugio aislado del apocalíptico mundo que concebía en sus fantasías corroe sus entrañas hasta los límites más insospechados, provocando en el “Cucarachero” la toma de medidas que lo conducirán por un camino del que nunca podrá volver.
Envuelto en una severa psicosis, Washington monta un criadero de cucarachas en su sótano, en las cuales pretende encontrar su salvación. La hipótesis del otrora uruguayo era simple: si dichos insectos eran los únicos que pueden soportar el invierno nuclear, entonces debería ser en ellos donde se encuentre la clave para la supervivencia.
Los años se suceden y los estudios no otorgan respuesta alguna. Al borde de la desesperación Washington comienza a devorar ejemplares del criadero, con la creencia de que de esta forma logrará absorber las propiedades antinucleares de los insectos. Para 1983, tapia las ventanas de su hogar, convirtiendo el lugar en un oscuro, cálido y húmedo recinto. Se convierte entonces en “El Cucarachero”, apodado así por sus vecinos. Nunca mas dejaría su casa, dedicando el resto de sus días a arrastrárse por los suelos en busca de insectos para alimentarse.
A principios de la década de los noventa, la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética ponen fin a las fantasías de un perturbado Washington que, sumido en una profunda depresión, decide poner fin a su vida, rociándose a sí mismo con veintidós latas de insecticida. Su cuerpo sería encontrado meses después, rodeado de las mismas cucarachas a las que por más de 20 años dedicara su devoción.