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	<title>Aargh! &#187; El Ilustre Desconocido Ilustrado</title>
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	<description>Un intento mas de dominar al mundo, un paso por vez</description>
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		<title>El Anciano</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Aug 2008 20:40:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Psique neblinosa y la boca una gran colilla a las 14 del día domingo. El mareo del mal descanso se mezcla con un ron cubano gorgojeante que amenaza salir por el tracto por el que entró la noche anterior. El anciano recoge la hedionda ropa con vahos etílicos y atraviesa el umbral de su hogar, lanzado a la empresa adquisitoria de sal y cafeína. La gravedad del ascensor lo retuerce; el primer sol transmite jaqueca efímera ante el contacto con el iris. El anciano arrastra sus pies desmesuradamente sincronizados: un beat en ascenso proveniente de un exento de km. nunca taxi marca el rebote de talón sobre baldosa. Allá arriba, a hectáreas de distancia, mozalbetes extasiados insisten en perdurar una noche que finalizó hace años atrás. Avanza, y los trasnochados se multiplican, vomitados de un tugurio que en otras oportunidades funciona como salsódromo.</p>
<p>El anciano se abre paso entre idos mediante empujones desapercibidos, que lo confunden como uno más de la manada. Cruza la avenida, el hedor a combustible, y se zambulle veloz en el aséptico veinticuatro horas. Música funcional y frío artificial resultan una bendición. Sin fuerzas para esperar a adquirir el producto, abre la gaseosa, y deja que el néctar burbujeante humedezca su garganta en sequía. Unas palabras sin destinatario cobran sentido al abrir los ojos, y reconocer una sombra humanoide en los límites de su campo visual.</p>
<p>&#8220;Larga la noche en ‘Porto Bello&#8217;, ¿eh?&#8221;. El anciano intenta escudriñar los ojos del portavoz, pero sólo lo hace con los propios, vidriosos, resecos, reflejados en los inmensos lentes ahumados. La expectancia de una respuesta lo obliga a espetar un genérico &#8220;así parece&#8221; que, al pasar por sus cuerdas vocales, se transforma en un gruñido. Acto seguido, devora una papita, como dando por finalizada la conversación. &#8220;¡Ehh, pará, pará! ¿Cómo vas a comer? ¡Te va a hacer bajar!&#8221;. El anciano bebe otro trago. &#8220;Acabo de despertarme&#8221;, espeta. Una sonrisa se dibuja en el rostro ajeno: &#8220;Si, claro. Yo también&#8221;, responde el insomne, y se da media vuelta, dando, ahora sí, por acabada la charla.</p>
<p>Cansado, el anciano paga lo correspondiente y emprende el regreso a su hogar, arrastrando no solo sus pies, sino tambien al cuarto de siglo que denota su documento de identidad.</p>
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		<title>Carta a una señora en defensa al consumidor</title>
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		<pubDate>Sat, 17 May 2008 19:40:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estimados señores de Defensa Al Consumidor: Lamentablemente, me encuentro en una situación que me llena de displicencia y desagrado, quedándome ustedes como ultimo recurso para lograr se compensado por semejante ultraje. En la mañana del veintiocho de julio del corriente año, adquirí en el supermercado XXXXX, ubicado en la calle XXXXX entre XXXXX y XXXXX, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estimados señores de Defensa Al Consumidor: Lamentablemente, me encuentro en una situación que me llena de displicencia y desagrado, quedándome ustedes como ultimo recurso para lograr se compensado por semejante ultraje.</p>
<p>En la mañana del veintiocho de julio del corriente año, adquirí en el supermercado XXXXX, ubicado en la calle XXXXX entre XXXXX y XXXXX, una caja de fósforos marca XXXXX. Dicho producto, anuncia en su envase, un contenido de doscientos veintidós (222) fósforos de madera.</p>
<p>No he podido dejar de notar, gracias a mi rapidez para con el contado de objetos adquirido luego de haber trabajado por mas de cuarenta y cinco años como ferretero, que dicha caja contenía un número menor de fósforos que lo anunciado en el envase. En efecto, luego de contar uno por uno el contenido del envase, confirmé mis peores sospechas: la cantidad de unidades ascendía a doscientos nueve (209), faltando así trece fósforos (13).</p>
<p>Habiendo enviado cuatro cartas a la empresa en donde exigía la reposición de productos faltantes o, en su defecto, la devolución del dinero, y sin recibir respuesta alguna, me veo obligado, como cualquier hombre sensato, a comunicar dicho acontecimiento, con el objeto que tomen cartas en el asunto. Considerado un hombre de bien, me niego a participar en semejante estafa.</p>
<p>Quedo a la espera de una respuesta, y de la toma de reprimendas necesarias para con la empresa XXXX S.R.L.</p>
<p>Atte.<br />
Hermenegildo Barrutti</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://www.aargh.com.ar/wp-content/uploads/2008/05/fosforos.jpg" alt="fosforos.jpg" /></p>
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		<title>El café de la estación</title>
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		<pubDate>Mon, 12 May 2008 01:47:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Doña Florinda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Saliste inquieta de esa puerta de acero y enseguida te encontré entre la muchedumbre. Tu tez blanca brillaba de forma casi onírica, aunque un poco melancólica. Tambaleabas de un lado para el otro, buscando luz entre los lamparones del café de la estación. [No entendía cómo preferías eso a la hermosa luz del día] Tenía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Saliste inquieta de esa puerta de acero y enseguida te encontré entre la muchedumbre. Tu tez blanca brillaba de forma casi onírica, aunque un poco melancólica. Tambaleabas de un lado para el otro, buscando luz entre los lamparones del café de la estación. [No entendía cómo preferías eso a la hermosa luz del día] Tenía ilusión de que pegaras tu nariz al vidrio y me miraras a los ojos&#8230;</p>
<p>Hoy me puse ese pulover tejido que tanto te gusta. Tengo cierta esperanza en nuestro destino.</p>
<p>Y te observo, hasta el cansacio; y seguís bajo esa intensa luz, frágil y delicada, pero sin intenciones de dirigirte hacia la otra parte del café.</p>
<p>Entonces mi corazón se parte, una vez más. Ya no demostrás ningún interés en mí. Tanto tiempo esperándote y vos revoloteando hacia otras personas&#8230;</p>
<p>Estoy lleno de bronca. El ceño se frunce, siento que mi frente va a explotar.</p>
<p>¿¡ Con todo el amor que me tenías!? ¿cuánto tiempo pasamos juntos? ¡hasta en mi abrigo te cobijabas!</p>
<p>&#8230;tu suavidad, tu vuelo, tu pureza&#8230;</p>
<p>Adios, maldita polilla. Nadie va a quererte tanto como yo lo hice.</p>
<p align="center"><img src="http://www.aargh.com.ar/wp-content/uploads/2008/05/polilla.thumbnail.jpg" /></p>
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		<title>Claudia Gómez, la mujer barbuda</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Apr 2008 19:45:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En su adolescencia Claudia Gómez descubrió que era distinta al resto de las mujeres. Debido a un problema hormonal, su cara comenzó a cubrirse de vello. En un principio fue una leve sombra en el bigote, lo cual era común en todas las damas de su familia. Pero conforme fue creciendo, notó como su pera, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En su adolescencia Claudia Gómez descubrió que era distinta al resto de las mujeres. Debido a un problema hormonal, su cara comenzó a cubrirse de vello. En un principio fue una leve sombra en el bigote, lo cual era común en todas las damas de su familia. Pero conforme fue creciendo, notó como su pera, mejillas y papada comenzaban a llenarse de pequeños puntos oscuros.</p>
<p>Nacida en una familia pudiente de barrio norte en 1954, la cuestión barbística era socialmente inaceptable, por lo que fue echada de su hogar. Errante, se convirtió en una trotamundos sin futuro, vagando por la vida, hasta finalmente conseguir un trabajo en el circo, donde fue aceptada por la comunidad de fenómenos. A pesar de ser un trabajo extremadamente simple, puesto que solo debía estar sentada en una banqueta, trataba de sacar lo mejor de ello, decorando y recortando su barba según los estilos imperantes de la época.</p>
<p>Ya en los años noventa, Claudia notaría como su fama empezaría a decaer. El furor y la massmediatización del travestismo lograron que su credibilidad como mujer barbuda amenguara, pues la gran mayoría del público pensaba que se trataba de un hombre disfrazado. Deprimida, recurrió a un tratamiento de depilación definitiva, abandonando para siempre el ámbito circense.</p>
<p>En la actualidad Claudia Gómez ha reformulado su vida, y trabaja de cajera en un autoservicio chino. El verdulero le tira los galgos.</p>
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		<title>Aula</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Mar 2008 15:28:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Un proyecto a heroinómano asiste a la clase sin nada más que una bolsa vacía de farmacia y se sienta al fondo, bien al fondo. Unos bancos más adelante, una vegana a medias suda vehementemente con sus velludas axilas, visibles al público gracias al indiscriminado y provocativo uso de camiseta, lo que de a ratos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un proyecto a heroinómano asiste a la clase sin nada más que una bolsa vacía de farmacia y se sienta al fondo, bien al fondo. Unos bancos más adelante, una vegana a medias suda vehementemente con sus velludas axilas, visibles al público gracias al indiscriminado y provocativo uso de camiseta, lo que de a ratos le produce pequeños ataques de pánico. A su derecha, un siliconeado pigmeo de aires anfetamínicos embate disimuladamente a su nariz, tratando de respetar las normas del correcto caballero las cuales sugieren que sonarse los mocos con un pañuelo es aceptado socialmente pero eliminarlos con el dedo índice es de mal gusto. Pegado a la puerta, un socialista de barrio norte emana aires de superioridad intelectual y discute con el profesor, quedando en ridículo en cada oportunidad, sin siquiera notarlo y repitiendo el bochorno en varias oportunidades. En el primer asiento, una futura anciana a corto plazo pregunta todo dos veces, solo por si acaso. A su lado, dos militantes, uno de ellos con una gran botella de agua mineral, se golpean cuando el docente voltea hacia la pizarra. Por su parte, sentado dos filas más atrás, el niño rata pule los últimos detalles de su plan para conquistar al mundo.</p>
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		<title>Ombrofobia</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Mar 2008 11:27:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Juan Bautista, neurótico infalible, fóbico a la lluvia, corre desesperado, acosado por la terrible tormenta que lo. Su paraguas, traicionero, amotinose dos cuadras atrás, abriéndose por demás en un principio, haciéndose añicos al final. Juan Bautista esquiva charcos, aprovecha todos los techos y cornisas posibles por nimios que sean, e incluso llega a compartir paraguas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Juan Bautista, neurótico infalible, fóbico a la lluvia, corre desesperado, acosado por la terrible tormenta que lo. Su paraguas, traicionero, amotinose dos cuadras atrás, abriéndose por demás en un principio, haciéndose añicos al final. Juan Bautista esquiva charcos, aprovecha todos los techos y cornisas posibles por nimios que sean, e incluso llega a compartir paraguas con una anciana que lo mira aterrorizado, siempre huyendo del repugnante océano vertical que desciende desde el cielo, y que amenaza con darlo vuelta y ahogarlo.</p>
<p>Una vez en su casa, empapado pero a salvo, se desnuda rápidamente para meterse en la ducha. Disfruta de las miles de gotas cálidas que lo salpican, se siente seguro y conforme. Su temor se había alejado, y se encontraba a si mismo radiante, dicharachero, chocho de la vida.</p>
<p>Gozoso, sale de la ducha y toma un café con Marta, su esposa, administrativa fracasada y resentida con el mundo que la rodea quien, ante tal alarde de alegría, le hace notar que, en definitiva, la ducha no es otra cosa que una lluvia artificial a distinta temperatura.</p>
<p>Desde ese día Juan Bautista toma baños de asiento. Se separó de su mujer.</p>
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		<title>Washington &#8220;Cucarachero&#8221; Chocorocoy</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Feb 2008 21:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Nacido en la ciudad de Montevideo una fría mañana de 1934, Washington Chocorocoy es bautizado bajo la Santa Iglesia Católica siguiendo los designios de su padre, aficionado a los nombres que comienzan con la letra “W”, tal cual lo demostraban sus cinco hermanos mayores Wilson, Wenceslao, Walter y Wilfredo. La infancia del pequeño transcurre como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nacido en la ciudad de Montevideo una fría mañana de 1934, Washington Chocorocoy es bautizado bajo la Santa Iglesia Católica siguiendo los designios de su padre, aficionado a los nombres que comienzan con la letra “W”, tal cual lo demostraban sus cinco hermanos mayores Wilson, Wenceslao, Walter y Wilfredo.</p>
<p>La infancia del pequeño transcurre como la de cualquier niño uruguayo, alternando el potrero entre cebada y cebada, recibiendo tanto el amor incondicional de su madre por ser el mas pequeño, como también ocasionales palizas por parte de sus hermanos debido a la misma razón.</p>
<p>A mediados del año 1945 la segunda gran guerra llegaba a su fin, y la victoria de los aliados era pregonada con algarabía por radios y periódicos de la época. Es en este año en donde la vida del joven Washington tomará un nuevo rumbo, al descubrir, mientras consultaba un manual de historia americana para realizar una asignatura escolar, la similitud de su nombre con el prócer estadounidense George Washington.</p>
<p>Obstinado al no percatar las obvias preferencias nominales de su padre, Washington carga a la coincidencia con significado propio. Se inclina a creer que su nombre es especial, y que este carga consigo un destino concreto: el de convertirse en un orgulloso norteamericano.</p>
<p>De esta manera, su vida produce un profundo giro. Transforma sus uruguayas costumbres por unas totalmente extrañas a su entorno: no solo el candombe es automáticamente dejado de lado, sino que el mate, bebida nacional, se torna demasiado amargo para su paladar, con lo que comenzará a ungirlo en azúcares.</p>
<p>La situación se torna demasiado para sus puristas padres quienes, en 1949, pondrán al joven Washington de patitas a la calle, luego de que lo obligarán a ingerir tortas fritas sin ningún tipo de melaza. En su más absoluta soledad, y con tan solo 15 años, Washington decide seguir sus impulsos y toma la drástica pero valerosa decisión de concretar sus sueños: conocer los Estados Unidos de América.</p>
<p>Luego de un año trabajando como marinero, desembarca en la ciudad de Nueva York y decide recorrer el país, instalándose finalmente en la ciudad de Bacon, Georgia, en donde conseguiría trabajo en una hamburguesería local. Washington se adapta rápidamente las costumbres y el estilo de vida: bebe Coca-Cola y agita sus caderas ante algún rocanrol; en definitiva, se enamora intensamente del sueño americano.</p>
<p>Luego de trece años de arduo trabajo, logra, en 1965, inaugurar su propia tienda de electrodomésticos. Se convierte así en un norteamericano más que bebe cerveza todas las tardes en su porche, y contempla asombrado la conquista espacial por la televisión. Pero el fanático amor por su nueva patria mostraría su lado oscuro: el sueño americano peligraba.</p>
<p>El fantasma comunista y sus amenazas de una inminente guerra nuclear hostigan al pueblo americano, especialmente a nuestro Washington que, en un estado febril, teme por su vida, construyendo así, en el patio trasero de su casa, un refugio anti-bombas. Sin embargo, esto no sería suficiente para él. La idea de tener que vivir en un refugio aislado del apocalíptico mundo que concebía en sus fantasías corroe sus entrañas hasta los límites más insospechados, provocando en el “Cucarachero” la toma de medidas que lo conducirán por un camino del que nunca podrá volver.</p>
<p>Envuelto en una severa psicosis, Washington monta un criadero de cucarachas en su sótano, en las cuales pretende encontrar su salvación. La hipótesis del otrora uruguayo era simple: si dichos insectos eran los únicos que pueden soportar el invierno nuclear, entonces debería ser en ellos donde se encuentre la clave para la supervivencia.</p>
<p>Los años se suceden y los estudios no otorgan respuesta alguna. Al borde de la desesperación Washington comienza a devorar ejemplares del criadero, con la creencia de que de esta forma logrará absorber las propiedades antinucleares de los insectos. Para 1983, tapia las ventanas de su hogar, convirtiendo el lugar en un oscuro, cálido y húmedo recinto. Se convierte entonces en “El Cucarachero”, apodado así por sus vecinos. Nunca mas dejaría su casa, dedicando el resto de sus días a arrastrárse por los suelos en busca de insectos para alimentarse.</p>
<p>A principios de la década de los noventa, la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética ponen fin a las fantasías de un perturbado Washington que, sumido en una profunda depresión, decide poner fin a su vida, rociándose a sí mismo con veintidós latas de insecticida. Su cuerpo sería encontrado meses después, rodeado de las mismas cucarachas a las que por más de 20 años dedicara su devoción.</p>
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		<title>Mounstro</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Jan 2008 12:28:46 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Por cuarta vez en la noche un despertar brusco recibe a Lorenzo. Sudor helado baña al cuerpo que se agita jadeante. La localización espaciotemporal tarda en llegar; el tormento onírico se difumina poco a poco, se diluye entre los pliegues de la inconciencia. Intenta recordar, pero no puede. Se recuesta nuevamente, y envuelve su torso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por cuarta vez en la noche un despertar brusco recibe a Lorenzo. Sudor helado baña al cuerpo que se agita jadeante. La localización espaciotemporal tarda en llegar; el tormento onírico se difumina poco a poco, se diluye entre los pliegues de la inconciencia. Intenta recordar, pero no puede.</p>
<p>Se recuesta nuevamente, y envuelve su torso en sábanas que su madre llego a detestar.  Lejano el cansancio, no puede dormir. La cacofonía del silencio nocturno lo mantiene alerta. Algo indeterminado flota en la negrura mas desconcertante. Debajo el ensordecedor pitido, un leve susurro se repite, una y otra vez. El discernimiento de que se trata de una respiración, ajena a la propia.</p>
<p>El pánico paraliza a sus miembros de músculos tensados. La opción de encender la luz queda descartada: implica abandonar el recinto que lo protege, lanzarse a lo desconocido en búsqueda de un interruptor ubicado sobre el extremo opuesto. Tortura del lento acoso, contemplación de la futura víctima. Su pregunta reverbera en las paredes. La respuesta es el murmullo que crece, hedor cálido y nauseabundo sobre el rostro, baba en sus mejillas.</p>
<p>Esther despierta de un sobresalto. A pesar del codazo a las costillas del marido, no logra corroborar lo que supone un grito. Sin despertar del todo, chancletea con sus pantuflas en el largo pasillo que la separa de su destino. Su máxima de respetar la intimidad ajena se hace añicos al golpear y no obtener respuesta. Abre la puerta, vuelve a preguntar. Sus manos recorren la textura de la pared, en búsqueda del interruptor. La cámara oscura se disuelve. Daguerrotipo de miembros mutilados y vomito de sangre sobre sábanas de mázinger Z. A sus pies, el cráneo de su hijo la observa.</p>
<p>El mounstro violeta que se esconde en el armario se ha cobrado otra victima.</p>
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		<title>Lo que mata es la humedad (II)</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Dec 2007 20:28:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El sol de las tres de la tarde brilla cruel sobre los baldosones de cemento de la estación. Mientras que el grueso de los esperas opta por esconderse bajo la sombra de un cartelón publicitario rosa chicle sobre maquinitas de afeitar femeninas, su cuerpo torneado e erguido enfrenta el embiste calórico sin perder un gramo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" align="justify">El sol de las tres de la tarde brilla cruel sobre los baldosones de cemento de la estación. Mientras que el grueso de los esperas opta por esconderse bajo la sombra de un cartelón publicitario rosa chicle sobre maquinitas de afeitar femeninas, su cuerpo torneado e erguido enfrenta el embiste calórico sin perder un gramo de dignidad.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">Ni una gota de sudor puede encontrarse en ese rostro, cubierto apenas por la prolija cabellera al ras. Ese rostro que embiste el cono de helado industrial sabor chocolate extremo con crocancias, sin complejos, sin culpas, sin tapujos. Ese rostro recto de rictus inmutable que goza goloso con papilas estimuladas por saborizantes permitidos.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">Dedicado a la tarea a la que <span> </span>dedica toda su concentración, es ajeno a la discusión telefónica que, con toda la virilidad, lleva a cambio su compañero de cintura abultada y cuerpo retacón, bigote y piel curtida, húmedo, casi un estereotipo, casi un cliché, y que repite la misma frase una y otra vez ante distintos receptores, a medida que se eleva por la escala gerencial de su puesto de trabajo.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">Pronto, nuestro héroe, comete el error de disfrutar demasiado lo que engulle. El calor es excesivo, y saborea demasiado lento. Sus manos comienzan a ponerse pringosas. La estructura láctea comienza a derrumbarse, inexorablemente, y a pesar de caer en cuenta de la situación, no puede detenerlo. Un mordisco a las apuradas juega una mala pasada, un chorro cremoso gotea por su barbilla pronunciada, rumbo al uniforme.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">En un impasse retórico, su compañero le hace notar la herida. Habiendo deglutido el último bocado, el oficial soba uno a uno sus dedos, y limpia con uno de ellos los restos que decoran el chaleco antibalas.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">&nbsp;</p>
<p> <a href="http://www.aargh.com.ar/ilustre-desconocido-ilustrado/lo-que-mata-es-la-humedad.html">Primera Parte</a></p>
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		<title>espera de sala de</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Nov 2007 17:14:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Con su uña encarnada cubierta con una venda improvisada a base de algodón y cintaescoch, entra cabizbajo a la sala de diez metros cuadrados sin ventana y realiza los trámites pertinentes con la secretaria de turno, los cuales le permitirán atender al turno que solicitó con antelación a la secretaria de su médico de cabecera [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con su uña encarnada cubierta con una venda improvisada a base de algodón y cintaescoch, entra cabizbajo a la sala de diez metros cuadrados sin ventana y realiza los trámites pertinentes con la secretaria de turno, los cuales le permitirán atender al turno que solicitó con antelación a la secretaria de su médico de cabecera elegido al azar en la cartilla. Se dirige al otro lado del salón y se deja caer pesado sobre la única silla de plástico acolchado libre, maldiciendo para sus adentros al solicitadísimo horario de las diecichococuarentaicinco horas, gracias al cual es probable se vea obligado a esperar durante quien sabe cuantos chiclosos minutos. Toma alguna revista y lee algún chimento pasado de moda que ya no tiene sentido, que nunca tuvo sentido se corrige al instante. Ofuscado va a servirse una segunda, pero descubre que la otra opción son magazines dedicados a la  pesca deportiva y se da por vencido.Frente a el, una obesa niña con claros problemas de autoridad lo observa de con un entrecejo fruncido en forma apenas perversa, y le muestra su lengua, la que vuelve a su recinto de origen para hacer puchero una vez recibido el regaño de su madre, escuálida y efímera dama desprovista anatómicamente de músculos, hecho que produce, ante la observación de la susodicha en conjunto con su progenitora, la sensación de que los problemas de autoridad de la pequeña -pequeña cronológicamente hablando- han empezado en el vientre materno y, viciosa,  la mullida infante hubiese hecho uso del cordón umbilical como si este se tratara de una manguera a presión propia de bombero y absorbido todos lo nutrientes ingeridos durante los nueve meses de embarazo. Y ni hablar de la lactancia.</p>
<p>A su lado, una señora con medio siglo sobre sus espaldas, a la cual solo puede examinar mediante el reflejo proyectado sobre el vidrio protector de una lámina de un cuadro de dudosa calañe, lo observa solo por un instante y solo de reojo, para luego proseguir con el minucioso análisis de sus perfectas uñas postizas que por alguna razón insiste en emparejar con un lima, como si aquel recién llegado, o incluso cualquiera en la sala, no merecieran más que un segundo de su atención el cual es seguido de despectiva mueca de labios embadurnados color carmín, como para demostrar su descontento quien sabe con que cosa. Gesto que, por otra parte, cabía esperar que realizara con todo el universo conocido y por conocer, excepto, claro está, que se tratara por ejemplo de una personalidad pública de cualquier índole incluida vedettes y literatos, a la cual probablemente se le abalanzaría estrepitosa en búsqueda de un autógrafo un beso una foto, el deseo de un poco de algarabía premenopáusica y, quien sabe, quizás la fantasía de un romance fugaz de una noche, hecho que jamás ha ocurrido y es probable que jamás ocurra a pesar de que la señora afirma haber conocido en sus años mozos la intimidad de un galán de telenovela pasado de moda.</p>
<p>A su derecha, ocupando la última silla del consultorio se encuentra un demacrado y muy pronto calvo oficinista, uno de esos con zapatos añejos, una batería de trajes idénticos y nudos de corbata filosos y siempre asimétricos, que lo analiza desconfiado, quizás simplemente por el hecho de saber que, a diferencia de él, que tuvo que hacer tiempo en el centro para atender al único turno de este bendito doctor de morondanga y encima llegó temprano, el recién entrado ha arribado sobre la hora y en consecuencia es probable que pase al consultorio primero, mientras que él se verá obligado a esperar otros quince minutos más con la vena hinchada por deseos de  hogar, un pobre pero honrado laburante de doce horas por día como un negro rompiéndose el lomo por unos mangos mugrosos que no te alcanzan para nada en este país de corruptos y chantas y encima acá no se puede fumar pero la gran siete para que le habré hecho caso a Martínez de contaduría y me pasé a esta obra social que resulta ser una porquería todo para ahorrar unos mangos que no alcanzan para nada con esta inflación galopante no si algunos parecemos meados por un elefante, y todas esas cosas.</p>
<p>Ya sin ningún interés en la revista, interés que nunca tuvo se corrige al instante, pasa las páginas en forma mecánica mientras el oficinista cuenta los cerámicos del piso y la mujer de aire engreído observa siempre de reojo a la mocosa de tamaño considerable la cual juega a retorcerle la cabeza a su muñeca con tal vehemencia que consume calorías y para reponer el desgaste pide un alfajor a su madre la cual se niega primero y cede luego solo porque tiene su mente ocupada en la confección de la lista de las compras que rápidamente olvida al igual que el oficinista olvida la cuenta de azulejos que estaba llevando y empieza de nuevo y la mujer de aire engreído continúa observando a la niña pero ahora sin mirarla y él empuja las paginas hacia la izquierda sin reparar en su contenido todo porque creen oír que alguien va a salir del consultorio.</p>
<p>Pero no, eso no pasa. Y entonces vuelven a sus tareas. Y esperan. Todos. Esperan a que la puerta se abra con un crujido y un paciente salga primero, seguido del doctor que avanza solo un poco por sobre el umbral de su lugar de trabajo y llama sin ganas al apellido de alguno, con un poco de suerte uno, y que alguien, ojalá uno, se levante contento porque ahora podrá ser diagnosticando como se lo merece, porque la espera ha terminado y no deberá seguir soportando el sopor mental del inactivo agotado de examinar la grotesca lámina que reproduce un grotesco cuadro, soportar deseando que uno sea el próximo en ser llamado y se convierta en el ganador en la competencia por ver quien entra primero a la cual todos se prestan silenciosos y supuestamente indiferentes, deseosos para sus adentros escuchar el nombre impuesto y declararse victoriosos con el esbozo una leve pero socarrona sonrisa burlona de sus contrincantes que casi nunca pasa desprevenida y tiene como respuesta el fruncido de seño y entrecerrado casi imperceptible de ojos, la maldición a volumen inaudible al doctor sobrecargado de turnos, a su madre, a toda su familia incluida, al sistema de prepagas y, por sobre todas las cosas, al recién llegado con suerte, que se levanta y devuelve la mueca a la niña obesa, la mirada al oficinista que protesta para sus adentros la falta de respeto que estos vivos tienen con uno, el desprecio indiferente a la cincuentona de aire engreído la cual ya ha vuelto a psíquicamente a los pectorales de su profesor de aerobics, y magnánimo estrecha la mano del doctor que en exactos 346 segundos lo despachará hacia la mesa de la secretaria, previa invitación a solicitar otro turno para así poder extirpar esa uña encarnada que fue el comienzo del asunto.</p>
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