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	<title>Aargh! &#187; El Ilustre Desconocido Ilustrado</title>
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	<description>Un intento mas de dominar al mundo, un paso por vez</description>
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		<title>El Anciano</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Aug 2008 20:40:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Psique neblinosa y la boca una gran colilla a las 14 del día domingo. El mareo del mal descanso se mezcla con un ron cubano gorgojeante que amenaza salir por el tracto por el que entró la noche anterior. El anciano recoge la hedionda ropa con vahos etílicos y atraviesa el umbral de su hogar, lanzado a la empresa adquisitoria de sal y cafeína. La gravedad del ascensor lo retuerce; el primer sol transmite jaqueca efímera ante el contacto con el iris. El anciano arrastra sus pies desmesuradamente sincronizados: un beat en ascenso proveniente de un exento de km. nunca taxi marca el rebote de talón sobre baldosa. Allá arriba, a hectáreas de distancia, mozalbetes extasiados insisten en perdurar una noche que finalizó hace años atrás. Avanza, y los trasnochados se multiplican, vomitados de un tugurio que en otras oportunidades funciona como salsódromo.</p>
<p>El anciano se abre paso entre idos mediante empujones desapercibidos, que lo confunden como uno más de la manada. Cruza la avenida, el hedor a combustible, y se zambulle veloz en el aséptico veinticuatro horas. Música funcional y frío artificial resultan una bendición. Sin fuerzas para esperar a adquirir el producto, abre la gaseosa, y deja que el néctar burbujeante humedezca su garganta en sequía. Unas palabras sin destinatario cobran sentido al abrir los ojos, y reconocer una sombra humanoide en los límites de su campo visual.</p>
<p>&#8220;Larga la noche en ‘Porto Bello&#8217;, ¿eh?&#8221;. El anciano intenta escudriñar los ojos del portavoz, pero sólo lo hace con los propios, vidriosos, resecos, reflejados en los inmensos lentes ahumados. La expectancia de una respuesta lo obliga a espetar un genérico &#8220;así parece&#8221; que, al pasar por sus cuerdas vocales, se transforma en un gruñido. Acto seguido, devora una papita, como dando por finalizada la conversación. &#8220;¡Ehh, pará, pará! ¿Cómo vas a comer? ¡Te va a hacer bajar!&#8221;. El anciano bebe otro trago. &#8220;Acabo de despertarme&#8221;, espeta. Una sonrisa se dibuja en el rostro ajeno: &#8220;Si, claro. Yo también&#8221;, responde el insomne, y se da media vuelta, dando, ahora sí, por acabada la charla.</p>
<p>Cansado, el anciano paga lo correspondiente y emprende el regreso a su hogar, arrastrando no solo sus pies, sino tambien al cuarto de siglo que denota su documento de identidad.</p>
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		<title>Jean-Luc</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Jul 2008 01:55:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¡Óh Jean-Luc, prócer entre próceres, sorpréndenos con una de tus inventivas! ¡Eres tan creativo, tan fugaz pero inteligente! Bebe una copa mas, muchacho. Podrías beber todo nuestro brandy y te lo perdonaríamos. Solo pedimos que, a cambio, nos deleites con una de sus siempre fantásticas anécdotas. Esas que sacan a relucir toda tu sagacidad intelectual. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¡Óh Jean-Luc, prócer entre próceres, sorpréndenos con una de tus inventivas! ¡Eres tan creativo, tan fugaz pero inteligente! Bebe una copa mas, muchacho. Podrías beber todo nuestro brandy y te lo perdonaríamos. Solo pedimos que, a cambio, nos deleites con una de sus siempre fantásticas anécdotas. Esas que sacan a relucir toda tu sagacidad intelectual. Si Jean-Luc, bebe de nuevo, bebe todo lo que quieras. Pero no calles, no importa tu embriaguez. No nos importan tus palabras deslizantes, pues dotan a tu voz de exotismo; tampoco molesta tu aliento a licor: es un perfume para nuestro vulgar epitelio olfativo. Empalaganos con uno de tus comentarios mordaces, y gira el rostro levemente al costado. Oh Jean-Luc, esa barba de tres días sienta tan bien en ti. Te da un aire despreocupado, tan elegante y casual a la vez. Por supuesto, un perfil encantador. Y los cigarrillos que fumas, Jean-Luc, siempre gitanes y nunca parissienes, que cuando los colocas en tus labios dedicas a sorber. Lo sabemos, disfrutas del sabor de la nicotina adherida en tu paladar. Y lo entendemos, porque tu boca es perfecta. Continua, Jean-Luc, sedúcenos con tu encanto, eclípsanos de goce. Pero, oh, Jean-Luc, no sonrías por favor, no con la boca abierta al menos, pierdes el encanto. Los restos de ciboulette atorados entre tus dientes no sientan nada bien en ti.</p>
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		<title>Carta a una señora en defensa al consumidor</title>
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		<pubDate>Sat, 17 May 2008 19:40:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estimados señores de Defensa Al Consumidor: Lamentablemente, me encuentro en una situación que me llena de displicencia y desagrado, quedándome ustedes como ultimo recurso para lograr se compensado por semejante ultraje.
En la mañana del veintiocho de julio del corriente año, adquirí en el supermercado XXXXX, ubicado en la calle XXXXX entre XXXXX y XXXXX, una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estimados señores de Defensa Al Consumidor: Lamentablemente, me encuentro en una situación que me llena de displicencia y desagrado, quedándome ustedes como ultimo recurso para lograr se compensado por semejante ultraje.</p>
<p>En la mañana del veintiocho de julio del corriente año, adquirí en el supermercado XXXXX, ubicado en la calle XXXXX entre XXXXX y XXXXX, una caja de fósforos marca XXXXX. Dicho producto, anuncia en su envase, un contenido de doscientos veintidós (222) fósforos de madera.</p>
<p>No he podido dejar de notar, gracias a mi rapidez para con el contado de objetos adquirido luego de haber trabajado por mas de cuarenta y cinco años como ferretero, que dicha caja contenía un número menor de fósforos que lo anunciado en el envase. En efecto, luego de contar uno por uno el contenido del envase, confirmé mis peores sospechas: la cantidad de unidades ascendía a doscientos nueve (209), faltando así trece fósforos (13).</p>
<p>Habiendo enviado cuatro cartas a la empresa en donde exigía la reposición de productos faltantes o, en su defecto, la devolución del dinero, y sin recibir respuesta alguna, me veo obligado, como cualquier hombre sensato, a comunicar dicho acontecimiento, con el objeto que tomen cartas en el asunto. Considerado un hombre de bien, me niego a participar en semejante estafa.</p>
<p>Quedo a la espera de una respuesta, y de la toma de reprimendas necesarias para con la empresa XXXX S.R.L.</p>
<p>Atte.<br />
Hermenegildo Barrutti</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://www.aargh.com.ar/wp-content/uploads/2008/05/fosforos.jpg" alt="fosforos.jpg" /></p>
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		<title>El café de la estación</title>
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		<pubDate>Mon, 12 May 2008 01:47:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Doña Florinda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Saliste inquieta de esa puerta de acero y enseguida te encontré entre la muchedumbre. Tu tez blanca brillaba de forma casi onírica, aunque un poco melancólica. Tambaleabas de un lado para el otro, buscando luz entre los lamparones del café de la estación. [No entendía cómo preferías eso a la hermosa luz del día] Tenía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Saliste inquieta de esa puerta de acero y enseguida te encontré entre la muchedumbre. Tu tez blanca brillaba de forma casi onírica, aunque un poco melancólica. Tambaleabas de un lado para el otro, buscando luz entre los lamparones del café de la estación. [No entendía cómo preferías eso a la hermosa luz del día] Tenía ilusión de que pegaras tu nariz al vidrio y me miraras a los ojos&#8230;</p>
<p>Hoy me puse ese pulover tejido que tanto te gusta. Tengo cierta esperanza en nuestro destino.</p>
<p>Y te observo, hasta el cansacio; y seguís bajo esa intensa luz, frágil y delicada, pero sin intenciones de dirigirte hacia la otra parte del café.</p>
<p>Entonces mi corazón se parte, una vez más. Ya no demostrás ningún interés en mí. Tanto tiempo esperándote y vos revoloteando hacia otras personas&#8230;</p>
<p>Estoy lleno de bronca. El ceño se frunce, siento que mi frente va a explotar.</p>
<p>¿¡ Con todo el amor que me tenías!? ¿cuánto tiempo pasamos juntos? ¡hasta en mi abrigo te cobijabas!</p>
<p>&#8230;tu suavidad, tu vuelo, tu pureza&#8230;</p>
<p>Adios, maldita polilla. Nadie va a quererte tanto como yo lo hice.</p>
<p align="center"><img src="http://www.aargh.com.ar/wp-content/uploads/2008/05/polilla.thumbnail.jpg" /></p>
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		<title>Claudia Gómez, la mujer barbuda</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Apr 2008 19:45:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En su adolescencia Claudia Gómez descubrió que era distinta al resto de las mujeres. Debido a un problema hormonal, su cara comenzó a cubrirse de vello. En un principio fue una leve sombra en el bigote, lo cual era común en todas las damas de su familia. Pero conforme fue creciendo, notó como su pera, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En su adolescencia Claudia Gómez descubrió que era distinta al resto de las mujeres. Debido a un problema hormonal, su cara comenzó a cubrirse de vello. En un principio fue una leve sombra en el bigote, lo cual era común en todas las damas de su familia. Pero conforme fue creciendo, notó como su pera, mejillas y papada comenzaban a llenarse de pequeños puntos oscuros.</p>
<p>Nacida en una familia pudiente de barrio norte en 1954, la cuestión barbística era socialmente inaceptable, por lo que fue echada de su hogar. Errante, se convirtió en una trotamundos sin futuro, vagando por la vida, hasta finalmente conseguir un trabajo en el circo, donde fue aceptada por la comunidad de fenómenos. A pesar de ser un trabajo extremadamente simple, puesto que solo debía estar sentada en una banqueta, trataba de sacar lo mejor de ello, decorando y recortando su barba según los estilos imperantes de la época.</p>
<p>Ya en los años noventa, Claudia notaría como su fama empezaría a decaer. El furor y la massmediatización del travestismo lograron que su credibilidad como mujer barbuda amenguara, pues la gran mayoría del público pensaba que se trataba de un hombre disfrazado. Deprimida, recurrió a un tratamiento de depilación definitiva, abandonando para siempre el ámbito circense.</p>
<p>En la actualidad Claudia Gómez ha reformulado su vida, y trabaja de cajera en un autoservicio chino. El verdulero le tira los galgos.</p>
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		<title>Aula</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Mar 2008 15:28:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Un proyecto a heroinómano asiste a la clase sin nada más que una bolsa vacía de farmacia y se sienta al fondo, bien al fondo. Unos bancos más adelante, una vegana a medias suda vehementemente con sus velludas axilas, visibles al público gracias al indiscriminado y provocativo uso de camiseta, lo que de a ratos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un proyecto a heroinómano asiste a la clase sin nada más que una bolsa vacía de farmacia y se sienta al fondo, bien al fondo. Unos bancos más adelante, una vegana a medias suda vehementemente con sus velludas axilas, visibles al público gracias al indiscriminado y provocativo uso de camiseta, lo que de a ratos le produce pequeños ataques de pánico. A su derecha, un siliconeado pigmeo de aires anfetamínicos embate disimuladamente a su nariz, tratando de respetar las normas del correcto caballero las cuales sugieren que sonarse los mocos con un pañuelo es aceptado socialmente pero eliminarlos con el dedo índice es de mal gusto. Pegado a la puerta, un socialista de barrio norte emana aires de superioridad intelectual y discute con el profesor, quedando en ridículo en cada oportunidad, sin siquiera notarlo y repitiendo el bochorno en varias oportunidades. En el primer asiento, una futura anciana a corto plazo pregunta todo dos veces, solo por si acaso. A su lado, dos militantes, uno de ellos con una gran botella de agua mineral, se golpean cuando el docente voltea hacia la pizarra. Por su parte, sentado dos filas más atrás, el niño rata pule los últimos detalles de su plan para conquistar al mundo.</p>
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		<title>Ombrofobia</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Mar 2008 11:27:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Juan Bautista, neurótico infalible, fóbico a la lluvia, corre desesperado, acosado por la terrible tormenta que lo. Su paraguas, traicionero, amotinose dos cuadras atrás, abriéndose por demás en un principio, haciéndose añicos al final. Juan Bautista esquiva charcos, aprovecha todos los techos y cornisas posibles por nimios que sean, e incluso llega a compartir paraguas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Juan Bautista, neurótico infalible, fóbico a la lluvia, corre desesperado, acosado por la terrible tormenta que lo. Su paraguas, traicionero, amotinose dos cuadras atrás, abriéndose por demás en un principio, haciéndose añicos al final. Juan Bautista esquiva charcos, aprovecha todos los techos y cornisas posibles por nimios que sean, e incluso llega a compartir paraguas con una anciana que lo mira aterrorizado, siempre huyendo del repugnante océano vertical que desciende desde el cielo, y que amenaza con darlo vuelta y ahogarlo.</p>
<p>Una vez en su casa, empapado pero a salvo, se desnuda rápidamente para meterse en la ducha. Disfruta de las miles de gotas cálidas que lo salpican, se siente seguro y conforme. Su temor se había alejado, y se encontraba a si mismo radiante, dicharachero, chocho de la vida.</p>
<p>Gozoso, sale de la ducha y toma un café con Marta, su esposa, administrativa fracasada y resentida con el mundo que la rodea quien, ante tal alarde de alegría, le hace notar que, en definitiva, la ducha no es otra cosa que una lluvia artificial a distinta temperatura.</p>
<p>Desde ese día Juan Bautista toma baños de asiento. Se separó de su mujer.</p>
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		<title>Washington &#8220;Cucarachero&#8221; Chocorocoy</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Feb 2008 21:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Nacido en la ciudad de Montevideo una fría mañana de 1934, Washington Chocorocoy es bautizado bajo la Santa Iglesia Católica siguiendo los designios de su padre, aficionado a los nombres que comienzan con la letra “W”, tal cual lo demostraban sus cinco hermanos mayores Wilson, Wenceslao, Walter y Wilfredo.
La infancia del pequeño transcurre como la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nacido en la ciudad de Montevideo una fría mañana de 1934, Washington Chocorocoy es bautizado bajo la Santa Iglesia Católica siguiendo los designios de su padre, aficionado a los nombres que comienzan con la letra “W”, tal cual lo demostraban sus cinco hermanos mayores Wilson, Wenceslao, Walter y Wilfredo.</p>
<p>La infancia del pequeño transcurre como la de cualquier niño uruguayo, alternando el potrero entre cebada y cebada, recibiendo tanto el amor incondicional de su madre por ser el mas pequeño, como también ocasionales palizas por parte de sus hermanos debido a la misma razón.</p>
<p>A mediados del año 1945 la segunda gran guerra llegaba a su fin, y la victoria de los aliados era pregonada con algarabía por radios y periódicos de la época. Es en este año en donde la vida del joven Washington tomará un nuevo rumbo, al descubrir, mientras consultaba un manual de historia americana para realizar una asignatura escolar, la similitud de su nombre con el prócer estadounidense George Washington.</p>
<p>Obstinado al no percatar las obvias preferencias nominales de su padre, Washington carga a la coincidencia con significado propio. Se inclina a creer que su nombre es especial, y que este carga consigo un destino concreto: el de convertirse en un orgulloso norteamericano.</p>
<p>De esta manera, su vida produce un profundo giro. Transforma sus uruguayas costumbres por unas totalmente extrañas a su entorno: no solo el candombe es automáticamente dejado de lado, sino que el mate, bebida nacional, se torna demasiado amargo para su paladar, con lo que comenzará a ungirlo en azúcares.</p>
<p>La situación se torna demasiado para sus puristas padres quienes, en 1949, pondrán al joven Washington de patitas a la calle, luego de que lo obligarán a ingerir tortas fritas sin ningún tipo de melaza. En su más absoluta soledad, y con tan solo 15 años, Washington decide seguir sus impulsos y toma la drástica pero valerosa decisión de concretar sus sueños: conocer los Estados Unidos de América.</p>
<p>Luego de un año trabajando como marinero, desembarca en la ciudad de Nueva York y decide recorrer el país, instalándose finalmente en la ciudad de Bacon, Georgia, en donde conseguiría trabajo en una hamburguesería local. Washington se adapta rápidamente las costumbres y el estilo de vida: bebe Coca-Cola y agita sus caderas ante algún rocanrol; en definitiva, se enamora intensamente del sueño americano.</p>
<p>Luego de trece años de arduo trabajo, logra, en 1965, inaugurar su propia tienda de electrodomésticos. Se convierte así en un norteamericano más que bebe cerveza todas las tardes en su porche, y contempla asombrado la conquista espacial por la televisión. Pero el fanático amor por su nueva patria mostraría su lado oscuro: el sueño americano peligraba.</p>
<p>El fantasma comunista y sus amenazas de una inminente guerra nuclear hostigan al pueblo americano, especialmente a nuestro Washington que, en un estado febril, teme por su vida, construyendo así, en el patio trasero de su casa, un refugio anti-bombas. Sin embargo, esto no sería suficiente para él. La idea de tener que vivir en un refugio aislado del apocalíptico mundo que concebía en sus fantasías corroe sus entrañas hasta los límites más insospechados, provocando en el “Cucarachero” la toma de medidas que lo conducirán por un camino del que nunca podrá volver.</p>
<p>Envuelto en una severa psicosis, Washington monta un criadero de cucarachas en su sótano, en las cuales pretende encontrar su salvación. La hipótesis del otrora uruguayo era simple: si dichos insectos eran los únicos que pueden soportar el invierno nuclear, entonces debería ser en ellos donde se encuentre la clave para la supervivencia.</p>
<p>Los años se suceden y los estudios no otorgan respuesta alguna. Al borde de la desesperación Washington comienza a devorar ejemplares del criadero, con la creencia de que de esta forma logrará absorber las propiedades antinucleares de los insectos. Para 1983, tapia las ventanas de su hogar, convirtiendo el lugar en un oscuro, cálido y húmedo recinto. Se convierte entonces en “El Cucarachero”, apodado así por sus vecinos. Nunca mas dejaría su casa, dedicando el resto de sus días a arrastrárse por los suelos en busca de insectos para alimentarse.</p>
<p>A principios de la década de los noventa, la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética ponen fin a las fantasías de un perturbado Washington que, sumido en una profunda depresión, decide poner fin a su vida, rociándose a sí mismo con veintidós latas de insecticida. Su cuerpo sería encontrado meses después, rodeado de las mismas cucarachas a las que por más de 20 años dedicara su devoción.</p>
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		<title>Mounstro</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Jan 2008 12:28:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por cuarta vez en la noche un despertar brusco recibe a Lorenzo. Sudor helado baña al cuerpo que se agita jadeante. La localización espaciotemporal tarda en llegar; el tormento onírico se difumina poco a poco, se diluye entre los pliegues de la inconciencia. Intenta recordar, pero no puede.
Se recuesta nuevamente, y envuelve su torso en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por cuarta vez en la noche un despertar brusco recibe a Lorenzo. Sudor helado baña al cuerpo que se agita jadeante. La localización espaciotemporal tarda en llegar; el tormento onírico se difumina poco a poco, se diluye entre los pliegues de la inconciencia. Intenta recordar, pero no puede.</p>
<p>Se recuesta nuevamente, y envuelve su torso en sábanas que su madre llego a detestar.  Lejano el cansancio, no puede dormir. La cacofonía del silencio nocturno lo mantiene alerta. Algo indeterminado flota en la negrura mas desconcertante. Debajo el ensordecedor pitido, un leve susurro se repite, una y otra vez. El discernimiento de que se trata de una respiración, ajena a la propia.</p>
<p>El pánico paraliza a sus miembros de músculos tensados. La opción de encender la luz queda descartada: implica abandonar el recinto que lo protege, lanzarse a lo desconocido en búsqueda de un interruptor ubicado sobre el extremo opuesto. Tortura del lento acoso, contemplación de la futura víctima. Su pregunta reverbera en las paredes. La respuesta es el murmullo que crece, hedor cálido y nauseabundo sobre el rostro, baba en sus mejillas.</p>
<p>Esther despierta de un sobresalto. A pesar del codazo a las costillas del marido, no logra corroborar lo que supone un grito. Sin despertar del todo, chancletea con sus pantuflas en el largo pasillo que la separa de su destino. Su máxima de respetar la intimidad ajena se hace añicos al golpear y no obtener respuesta. Abre la puerta, vuelve a preguntar. Sus manos recorren la textura de la pared, en búsqueda del interruptor. La cámara oscura se disuelve. Daguerrotipo de miembros mutilados y vomito de sangre sobre sábanas de mázinger Z. A sus pies, el cráneo de su hijo la observa.</p>
<p>El mounstro violeta que se esconde en el armario se ha cobrado otra victima.</p>
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		<title>Lo que mata es la humedad (II)</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Dec 2007 20:28:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Monsieur Côtelette</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El sol de las tres de la tarde brilla cruel sobre los baldosones de cemento de la estación. Mientras que el grueso de los esperas opta por esconderse bajo la sombra de un cartelón publicitario rosa chicle sobre maquinitas de afeitar femeninas, su cuerpo torneado e erguido enfrenta el embiste calórico sin perder un gramo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" align="justify">El sol de las tres de la tarde brilla cruel sobre los baldosones de cemento de la estación. Mientras que el grueso de los esperas opta por esconderse bajo la sombra de un cartelón publicitario rosa chicle sobre maquinitas de afeitar femeninas, su cuerpo torneado e erguido enfrenta el embiste calórico sin perder un gramo de dignidad.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">Ni una gota de sudor puede encontrarse en ese rostro, cubierto apenas por la prolija cabellera al ras. Ese rostro que embiste el cono de helado industrial sabor chocolate extremo con crocancias, sin complejos, sin culpas, sin tapujos. Ese rostro recto de rictus inmutable que goza goloso con papilas estimuladas por saborizantes permitidos.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">Dedicado a la tarea a la que <span> </span>dedica toda su concentración, es ajeno a la discusión telefónica que, con toda la virilidad, lleva a cambio su compañero de cintura abultada y cuerpo retacón, bigote y piel curtida, húmedo, casi un estereotipo, casi un cliché, y que repite la misma frase una y otra vez ante distintos receptores, a medida que se eleva por la escala gerencial de su puesto de trabajo.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">Pronto, nuestro héroe, comete el error de disfrutar demasiado lo que engulle. El calor es excesivo, y saborea demasiado lento. Sus manos comienzan a ponerse pringosas. La estructura láctea comienza a derrumbarse, inexorablemente, y a pesar de caer en cuenta de la situación, no puede detenerlo. Un mordisco a las apuradas juega una mala pasada, un chorro cremoso gotea por su barbilla pronunciada, rumbo al uniforme.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">En un impasse retórico, su compañero le hace notar la herida. Habiendo deglutido el último bocado, el oficial soba uno a uno sus dedos, y limpia con uno de ellos los restos que decoran el chaleco antibalas.</p>
<p class="MsoNormal" align="justify">&nbsp;</p>
<p> <a href="http://www.aargh.com.ar/ilustre-desconocido-ilustrado/lo-que-mata-es-la-humedad.html">Primera Parte</a></p>
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