El Ilustre Desconocido Ilustrado

El Ilustre desconocido, iluso y descuidado, es ilustrado descarada y desinteresadamente, inconciente de su destino pictórico, desconociendo de unos ojos siempre atentos que observan y, luego, lo retratan. Cuidesé.


El Anciano

por Monsieur Côtelette

Psique neblinosa y la boca una gran colilla a las 14 del día domingo. El mareo del mal descanso se mezcla con un ron cubano gorgojeante que amenaza salir por el tracto por el que entró la noche anterior. El anciano recoge la hedionda ropa con vahos etílicos y atraviesa el umbral de su hogar, lanzado a la empresa adquisitoria de sal y cafeína. La gravedad del ascensor lo retuerce; el primer sol transmite jaqueca efímera ante el contacto con el iris. El anciano arrastra sus pies desmesuradamente sincronizados: un beat en ascenso proveniente de un exento de km. nunca taxi marca el rebote de talón sobre baldosa. Allá arriba, a hectáreas de distancia, mozalbetes extasiados insisten en perdurar una noche que finalizó hace años atrás. Avanza, y los trasnochados se multiplican, vomitados de un tugurio que en otras oportunidades funciona como salsódromo.

El anciano se abre paso entre idos mediante empujones desapercibidos, que lo confunden como uno más de la manada. Cruza la avenida, el hedor a combustible, y se zambulle veloz en el aséptico veinticuatro horas. Música funcional y frío artificial resultan una bendición. Sin fuerzas para esperar a adquirir el producto, abre la gaseosa, y deja que el néctar burbujeante humedezca su garganta en sequía. Unas palabras sin destinatario cobran sentido al abrir los ojos, y reconocer una sombra humanoide en los límites de su campo visual.

“Larga la noche en ‘Porto Bello’, ¿eh?”. El anciano intenta escudriñar los ojos del portavoz, pero sólo lo hace con los propios, vidriosos, resecos, reflejados en los inmensos lentes ahumados. La expectancia de una respuesta lo obliga a espetar un genérico “así parece” que, al pasar por sus cuerdas vocales, se transforma en un gruñido. Acto seguido, devora una papita, como dando por finalizada la conversación. “¡Ehh, pará, pará! ¿Cómo vas a comer? ¡Te va a hacer bajar!”. El anciano bebe otro trago. “Acabo de despertarme”, espeta. Una sonrisa se dibuja en el rostro ajeno: “Si, claro. Yo también”, responde el insomne, y se da media vuelta, dando, ahora sí, por acabada la charla.

Cansado, el anciano paga lo correspondiente y emprende el regreso a su hogar, arrastrando no solo sus pies, sino tambien al cuarto de siglo que denota su documento de identidad.


Mi personaje inolvidable

por Miki Hauser

Una HERMOSA mañana de primavera paseaba yo por el parque del Regente de Londres cuando vi a un hombre rechoncho correr saltando con un niño de cada mano. ¿Podrá ser ese nada menos que…? Pensé, y me apresuré para acercarme. En ese momento una voz aguda semejante al chirrido que suele hacer la tiza al deslizarse sobre la pizarra, dijo:-¡Basta ya, geométricos! Esto es suficiente para un anciano.

Y, librándose de los niños, el hombre se dejó caer en un banco de paja.

Vacilé un instante, pues la persona que estaba sentada delante de mí tenía fama de reaccionar en forma inesperada. Tanto podría recibirme cordialmente como humillarme con un torrente de palabras injuriosas.

Decidí correr el riesgo.

-Discúlpeme, ¿es usted Vincent Van Gogh?-le pregunté.

-¿Y quién otro podría tener esta facha tan lamentable, sin una oreja, y bastante parecido a Kirk Douglas?

Vincent Van Gogh contaba entonces con 174 años. Pintor, profeta, intelectual, educador, había pintado por lo menos cien cuadros y tenía un museo cojonudo en Amsterdam. Era de baja estatura, brazos cortos, manos y pies cuatro en total; pero su aspecto físico pronto se olvidaba por su carácter exuberante y su verba torrencial. Parecía un nomo encantador, lleno de vida.

Van Gogh
Auriculares pertenecientes a Van Gogh subastados en Sotheby’s

Hablamos de todo, desde Dios y Mamón, de las papas y los comedores universitarios y de Hitler y me di cuenta de su extraordinario don para elevar lo ordinario y convertirlo en algo interesante por medio de la vivacidad y el colorido de sus palabras.

Se hallaba de excelente humor y tuve la sensación, que raras veces experimento en un primer encuentro, de que me comunicaba directamente con sus verdaderas personalidades…”

(Continuará…)


Convocatoria de manifestantes, en dos lados a la vez

por Miki Hauser

No es fácil entrevistar a un manifestante que haya estado en dos protestas a la vez. Acudí a las dos convocatorias como colaborador del Washington Rini Ton, cámara en mano, grabador MP3 pegado con velcro en una de las hombreras de la chaqueta. Fijé mi objetivo en Roland Clemens, comunicado ilustre español, manifestante tardío de los que ya no quedan.
Clemens fue al Monumento de los Españoles no por estar interesado en los reclamos cuadrúpedos o la siembra directa de marihuana sin fertilizantes. El estuvo como investigador, ya que el famoso Monumento fue blanqueado con CIF, y eso, para un conservador del patrimonio, no podía ser pasado por alto.

monumento.jpgM.H: No tenemos antecedentes de este particular, con la excepción de la cabeza de Trajano hallada en Baelo Claudia -Cádiz- verdad?

R.C.: Si bien los estudios coinciden con esa hipótesis tan difundida, la realidad es otra. El producto (CIF) ya se supo utilizar en las tapas de la Enciclopedia Británica que guarda el Vaticano. De cuero de Alce, estaban tan deterioradas que se le daban por perdidas. Resultó ser una restauradora Paraguaya la que descubrió que esos componentes iban bien no solo con el cuero, sino tambien con otros materiales que sirvieron de placebo, como por ejemplo los azulejos del baño del Santo Padre.

M.H: Entonces debo entender que usted fue a la manifestación del campo un día después para ver como había quedado el Monumento a los españoles tratado con CIF?

R.C.: Aunque yo comulgo con la derecha radical y violenta -tenga en cuenta que nací en Mataderos y estuve en contacto directo con la selección y eliminación del ganado-, esta vez fuí como restaurador del C.O.Ñ.I.C.E.T, y mi tarea consistía en visualizar In-Situ la respuesta del producto limpiador.

M.H: Y entonces porque fue también al Congreso?

R.C.: Lo del Congreso es capítulo aparte, ahí no fui como restaurador sino como guardaespaldas de José Ignacio Rucci.

M.H: Pero Rucci murió hace tiempo, por lo menos treinta años!

R.C.: Mire, yo soy peronista, mi mujer es peronista, mi hijo es peronista -lamentablemente de izquierdas, si es que existe la izquierda peronista- mi madre es peronista, mi suegro, que aún vive, es peronista, y Betty, la que atiende el almacén, es peronista. Con esto quiero decir que si uno es, “no se hace”. Por lo tanto, no voy a seguir con su juego dialéctico, y caer en la banalidad de tal simpleza refiriéndose a un fallecido como “murió”, “dejó de existir”, “ya fue”. ¿Qué es eso?

Nosotros los Peronistas no asumimos las faltas en nuestro Movimiento, somos un déjà vu, políticamente hablando.¿Me entiende?

congreso.jpg

M.H: Para cerrar, ya que seguramente en la editorial recortarán el texto de la entrevista.¿Usted fue a la manifestación un día después  para ver la respuesta del producto blanqueador? Y  al Congreso como
guardaespaldas -según sus palabras- de José Ignacio Rucci?

R.C.: En realidad -y esto es una confidencia que espero no esté grabando- soy un saboteador tardío. He llegado un día después a la convocatoria en el Monumento y varios años después de la muerte de José Ignacio.

M.H: ¡Entonces?…

R.C: Lo siento, no tengo nada más que decir.

Este capítulo de la historia reciente forma parte de un breve encuentro con la casualidad y el destino. Un hombre se confiesa a si mismo, y ante otros. Un producto que simultáneamente desengrasa un monumento y una cafetera de aluminio. Un edificio, “el Congreso”, repleto de alborotados políticos, encerrados como pajaritos. Un nombre compuesto: José Ignacio convertido en una playa de Uruguay de esparcimiento peronista.


Jean-Luc

por Monsieur Côtelette

¡Óh Jean-Luc, prócer entre próceres, sorpréndenos con una de tus inventivas! ¡Eres tan creativo, tan fugaz pero inteligente! Bebe una copa mas, muchacho. Podrías beber todo nuestro brandy y te lo perdonaríamos. Solo pedimos que, a cambio, nos deleites con una de sus siempre fantásticas anécdotas. Esas que sacan a relucir toda tu sagacidad intelectual. Si Jean-Luc, bebe de nuevo, bebe todo lo que quieras. Pero no calles, no importa tu embriaguez. No nos importan tus palabras deslizantes, pues dotan a tu voz de exotismo; tampoco molesta tu aliento a licor: es un perfume para nuestro vulgar epitelio olfativo. Empalaganos con uno de tus comentarios mordaces, y gira el rostro levemente al costado. Oh Jean-Luc, esa barba de tres días sienta tan bien en ti. Te da un aire despreocupado, tan elegante y casual a la vez. Por supuesto, un perfil encantador. Y los cigarrillos que fumas, Jean-Luc, siempre gitanes y nunca parissienes, que cuando los colocas en tus labios dedicas a sorber. Lo sabemos, disfrutas del sabor de la nicotina adherida en tu paladar. Y lo entendemos, porque tu boca es perfecta. Continua, Jean-Luc, sedúcenos con tu encanto, eclípsanos de goce. Pero, oh, Jean-Luc, no sonrías por favor, no con la boca abierta al menos, pierdes el encanto. Los restos de ciboulette atorados entre tus dientes no sientan nada bien en ti.


Carta a una señora en defensa al consumidor

por Monsieur Côtelette

Estimados señores de Defensa Al Consumidor: Lamentablemente, me encuentro en una situación que me llena de displicencia y desagrado, quedándome ustedes como ultimo recurso para lograr se compensado por semejante ultraje.

En la mañana del veintiocho de julio del corriente año, adquirí en el supermercado XXXXX, ubicado en la calle XXXXX entre XXXXX y XXXXX, una caja de fósforos marca XXXXX. Dicho producto, anuncia en su envase, un contenido de doscientos veintidós (222) fósforos de madera.

No he podido dejar de notar, gracias a mi rapidez para con el contado de objetos adquirido luego de haber trabajado por mas de cuarenta y cinco años como ferretero, que dicha caja contenía un número menor de fósforos que lo anunciado en el envase. En efecto, luego de contar uno por uno el contenido del envase, confirmé mis peores sospechas: la cantidad de unidades ascendía a doscientos nueve (209), faltando así trece fósforos (13).

Habiendo enviado cuatro cartas a la empresa en donde exigía la reposición de productos faltantes o, en su defecto, la devolución del dinero, y sin recibir respuesta alguna, me veo obligado, como cualquier hombre sensato, a comunicar dicho acontecimiento, con el objeto que tomen cartas en el asunto. Considerado un hombre de bien, me niego a participar en semejante estafa.

Quedo a la espera de una respuesta, y de la toma de reprimendas necesarias para con la empresa XXXX S.R.L.

Atte.
Hermenegildo Barrutti

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El café de la estación

por Doña Florinda

Saliste inquieta de esa puerta de acero y enseguida te encontré entre la muchedumbre. Tu tez blanca brillaba de forma casi onírica, aunque un poco melancólica. Tambaleabas de un lado para el otro, buscando luz entre los lamparones del café de la estación. [No entendía cómo preferías eso a la hermosa luz del día] Tenía ilusión de que pegaras tu nariz al vidrio y me miraras a los ojos…

Hoy me puse ese pulover tejido que tanto te gusta. Tengo cierta esperanza en nuestro destino.

Y te observo, hasta el cansacio; y seguís bajo esa intensa luz, frágil y delicada, pero sin intenciones de dirigirte hacia la otra parte del café.

Entonces mi corazón se parte, una vez más. Ya no demostrás ningún interés en mí. Tanto tiempo esperándote y vos revoloteando hacia otras personas…

Estoy lleno de bronca. El ceño se frunce, siento que mi frente va a explotar.

¿¡ Con todo el amor que me tenías!? ¿cuánto tiempo pasamos juntos? ¡hasta en mi abrigo te cobijabas!

…tu suavidad, tu vuelo, tu pureza…

Adios, maldita polilla. Nadie va a quererte tanto como yo lo hice.


Claudia Gómez, la mujer barbuda

por Monsieur Côtelette

En su adolescencia Claudia Gómez descubrió que era distinta al resto de las mujeres. Debido a un problema hormonal, su cara comenzó a cubrirse de vello. En un principio fue una leve sombra en el bigote, lo cual era común en todas las damas de su familia. Pero conforme fue creciendo, notó como su pera, mejillas y papada comenzaban a llenarse de pequeños puntos oscuros.

Nacida en una familia pudiente de barrio norte en 1954, la cuestión barbística era socialmente inaceptable, por lo que fue echada de su hogar. Errante, se convirtió en una trotamundos sin futuro, vagando por la vida, hasta finalmente conseguir un trabajo en el circo, donde fue aceptada por la comunidad de fenómenos. A pesar de ser un trabajo extremadamente simple, puesto que solo debía estar sentada en una banqueta, trataba de sacar lo mejor de ello, decorando y recortando su barba según los estilos imperantes de la época.

Ya en los años noventa, Claudia notaría como su fama empezaría a decaer. El furor y la massmediatización del travestismo lograron que su credibilidad como mujer barbuda amenguara, pues la gran mayoría del público pensaba que se trataba de un hombre disfrazado. Deprimida, recurrió a un tratamiento de depilación definitiva, abandonando para siempre el ámbito circense.

En la actualidad Claudia Gómez ha reformulado su vida, y trabaja de cajera en un autoservicio chino. El verdulero le tira los galgos.