Diálogos por elevación



Canes

por Monsieur Côtelette

(El protagonista está por subir al ascensor cuando escucha ruidos. Voltéa y observa a un hombre promediando los cincuenta con dos pekineses hiperactivos).

-Un momento, por favor.

-Hola que tal.

-Hola. ¿A que piso vas?

-Al sexto.

(Los pekineses comienzan a saltar sobre las piernas del protagonista, que pone un poco de cara de asquito).

-No, no te preocupes. Son buenitos, eh!

-Ah.

(El protagonista se quiebra. Los perros, si bien son bastante feos, parecen amigables. En consecuencia, los acaria un rato).

-Hola, hola, lindo, si, bueno, tranquilo, tranquilo…. (Al dueño). ¿Son cachorros, no?

-No, no. Tienen como cinco años. Son de mi señora…. Bueno, eran de mi señora…. (con un hilo de voz) Falleció el año pasado. Enfermedad terminal.

-Ah… Lo siento.

-No, que se le va a hacer…

-…

-…

-… ¿yyyy como se llaman? Los perros, digo.

-Ah, si. El marroncito es Piki. El blanquito Muki.

-Bueno, acá me bajo. Hasta luego. Chau Piki, Chau Muki.

-Que la vida te sonría, hijo.

-¡Arf!

-Gracias. Hasta luego.

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Alimaña

por Monsieur Côtelette

(El protagonista, bolsa con gaseosa y un cuartito de pan en mano, arriba a la entrada del edificio. A punto de abrir la puerta, descubre sorprendido a una rata acobijada en la esquina que sirve de bisagra. Deseoso de entrar a su hogar, el protagonista golpea con su pie el recuadro de madera; improvisa un zapateo en las proximididades del roedor: este último no se mueve.

Azorado, analiza la situación, y decide arrojarle algún elemento a la alimaña. El problema radica, entonces, en que arrojarle, puesto que sus bolsillos están vacíos, la gaseosa podría provocar la rotura de algún vidrio y el pan, bueno, el pan se tornaría incomible. Observa entonces los canteros aledaños, vacíos. Observa también a la rata, que le devuelve la mirada. El protagonista sale de la escena, dispuesto a encontrar su proyectil.
Es en ese mismo momento cuando llega al lugar una mujer de cabellos rubios cenicientos, promediando los cincuenta que, con andar vertiginoso, obvia la presencia del roedor.

El protagonista retorna a la escena con la bolsa de vianda en una mano, y una lata vacía de cerveza en la otra).

- Señora.

(La mujer revisa su cartera).

- Señora.

(La mujer toma la llave y está a punto de abrir la puerta).

- ¡Señora!

(La mujer finalmente oye los gritos, y reacciona asustada. Deja caer las llaves, que aterrizan a milímetros del roedor, y gira sobre si misma, exigiendo una explicación).

- (Señalando) Señora, tenga cuidado, hay una rata.
- ¿Eh? ¿Qué? (La mujer vuelve a voltear y dirige su mirada al suelo. Al instante, pega un alarido acompañado de un olímpico salto tres escalones abajo)
- Le estaba gritando, pero no me escucho…
- (Silencio)… Si, estaba distraida.
- Si, suele pasar.
- …
- …
- ¿No lo vas a echar?
- ¿Yo?
- ¿Y si, si no sos vos quien lo va a hacer?
- Si, ya intenté, pero no hay caso. No se quiere mover.
- A ver, probá de nuevo.
- ¿No me cree?
- Si, si, pero por las dudas

(El protagonista vuelve a golpear la puerta y a zapatear sobre el cerámico. El animalejo no se mueve).

- ¿Vio?
- ¿Y ahora?
- No sé, justo cuando usted llegó yo había ido a buscar algo para tirarle. Encontré esta lata
- ¿Pero como les vas a tirar algo? ¡Pobre animal!¡Lo vas a matar! ¿No se te ocurre otra idea?
- No, la verdad que no… Igual no creo que la mate… es liviana la lata… se la tiro despacito, como para que se asuste nomás.
- Y bueno, si no queda otra… Esperá que me pongo a resguardo (Tomando distancia excesivamente prudencial) Listo.

(El protagonista apunta meticuloso. Recuerda las clases de basket en el secundario. El enfoque puesto sobre el punto al que se desea asestar; la medición del peso del objeto a lanzar. Luego de interminables segundos, lanza. La lata da de lleno en la cabeza del roedor, el cual pega un chillido y se agita temeroso en un par de espasmos. Pero no, no se mueve de su lugar).

- ¡Que bicho hijo de puta!
- …
- …
- Me parece que tiene la cola enganchada con la puerta (Chequeando) ¿Sabes que si?
- ¿Y ahora?
- Y ahora tendríamos que abrir la puerta
- Esperá. (La mujer toma el teléfono celular del bolso y realiza una llamada, inaudible para el protagonista). Ya está.
- ¿Ya está que?
- Lo llamé a mi marido. Ahí baja.
- Ah…
- Claro, así cuando el abre la puerta, el bicho se suelta y nosotros no nos arriesgamos a que nos contagie rabia, o algo por el estilo
- …
- …
- Que cobardes, ¿no?
- No te lo permito, eh.
- No, decía nomás.
- Y… es que es muy grande.
- Si, la verdad que si.
- Y esas colas largas que tienen… Dios mio, que horror de bicho.

(Finalmente baja el marido, que desde el otro lado de la puerta observa la situación. Su mujer le señala la ubicación espacial del animal que, cuando el hombre abre la puerta, sale disparado para el lado contrario).

- Gracias mi amor.
- Gracias
- No, de nada.
- ¿Suben ustedes?
- Si, si.

(Los tres personajes suben al ascensor. La mujer presiona el octavo, sin consultar).

- ..Yo voy al sexto.
- Ah… perdón, es que con tanta cosa me quede asustada.
- No, no se preocupe. Total…
- Eso te pasa por llamarme cobarde.
- ¿Que? ¿Le dijiste cobarde a mi señora?
- No… dije que eramos dos cobardes.
- Ah… si, eso si, puede ser.
- …
- Buenas noches.

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“Bohemio”

por Monsieur Côtelette

(El protagonista, ubicado ya dentro del recinto, aguarda con la puerta del ascensor abierta al vecino que ingresó al edificio apenas instantes después que él)

- Hola, que tal.

-(Jocoso) ¡Epa! ¡Que caripela! ¡Seguro que sos bostero!

-¿Eh? Ahhh, no, no. Jeje. Es de cansancio nomás.

-¿Ah, no sos bostero? ¿Y de que equipo sos?

-No, la verdad que me retiré del deporte. No me interesa mucho.

-Ahhh…

-…

-…

-…

- ¿En serio?

-Si, en serio

- ¿Tenis tampoco?

- No, la verdad que no.

- ¿Rugby?

- No, tampoco.

- Ah…

-…

-…

- Bueno, hasta luego.

- (Con cara de fastidio) Si, si. Chau.

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Tortilla

por Monsieur Côtelette

(Sábado diez de la noche. Envase de cerveza bajo el brazo. Al descender del ascensor, en planta baja, observa como un hombre de unos sesenta años dialoga con un vagabundo instalado en la entrada al edicicio. El hombre mayor le hace un gesto al protagonista, indicándole que aguarde).

-Vamos, vamos. Acá a la vuelta tenés la puerta de un consultorio médico para tirarte a dormir. Ahí no te va a molestar nadie hasta el lunes.

(El croto recoje sus pertenencias, y se retira de la escena. El hombre mayor se acerca al protagonista)

-Hola, ¿como te llamás?

-Que tal, soy Gustavo.

-¿Te mudaste hace poco acá, no?

-Si, hace unos días. Estoy en el sexto.

-Ah, que tal. Mucho gusto. Mi nombre es Ricardo. Formo parte de la junta organizativa del consorcio de propietarios.

-Que tal, como le va. (nota: la falta del signo interrogativo es adrede. El protagonista no intenta formular una pregunta, solo llenar un espacio vacío en la conversación)

-Bien querido, bien. Que barbaridad esta gente, ¿no? La que está en la calle, digo. Que impotencia que le da a uno este tipo de situaciones

-Si, la verdad que si.

-El otro día salgo a eso de las seis de la mañana a comprar el diario, y veo a dos chiquitos durmiendo en la calle. Acá a la vuelta, eh. No tendrían más de cinco o seis años… Y se me partió el corazón. Me indignó la situación.

- Claro…

- La cuestión es que les pregunté donde vivían, si podían ubicar a sus padres…

(El envase de cerveza comienza a deslizarse)

- Ajá…

- …Por supuesto no me lo dijeron. Y yo la verdad es que no podía dejarlos ahí, tirados, solos, desamparados, así que les dije que me acompañar a la comisaria. ¿Y sabés que pasó entonces?

- ¿Qué?

- ¡No me quisieron acompañar! Tuve que ir yo mismo hasta allá y pedirle al oficial de guardia que tomara cartas en el asunto.

- Ah, claro.

- Lo que te cuento es un pequeño ejemplo nomás. Uno no puede quedarse de brazos cruzados ante tanta injusticia. A este buen hombre que estaba en la puerta le pedí que se fuera, es verdad. Pero también hice mi buena acción del día, eh. Le dí un pantalón viejo y un sweater de Chemea que me regaló hace tiempo mi señora y que no uso nunca porque no me gusta. Y ahora que se vino el frio seguro que le va a venir bien…

- Si, seguro que si.

-Es lo que te digo: uno tiene que ser una buena persona

-Si, claro…

- (Sin esperar a la respuesta). Porque, ¿te cuento un secreto? Uno tiene que ser buena persona porque los pobres son más, muchos mas. Y si uno no los trata bien, no les da las necesidades básicas, un día se van a revelar. Nos van a querer dar vuelta la tortilla a nosotros, los ricos.

- …

-Es así, es así..

- …

-Bueno, que tengas una buena noche, y disfrutes de tu cerveza. Hasta luego

- …

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