¡No es paranoia!

#11: Las películas de terror adolescente

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Es muy sencillo. Es tan evidente que asusta, pero no por los tipos con clavos en la cara ni por los videocassettes japoneses malditos sino por la simpleza. Basta mirar la vidriera de cualquier videoclub para darse cuenta, amigos, de que acá-algo-pasa.

Nos resulta difícil determinar a ciencia cierta cuándo comenzó todo esto, pero desde hace unos cuantos años, de cada diez películas que salen, fácil, siete son de terror. Sin temor a pecar de paranóicos podemos afirmar que nos encontramos frente a una clara invasión, vaya uno a saber de quién y con qué oscuros propósitos –y tampoco nos referimos al malévolo asesino de la carretera que persigue a sus víctimas por todo Texas, ni al psiquiatra demente que usa una casa embrujada para experimentar con sus pacientes.

Amigos, aquí los intereses son mucho menos novelescos pero tanto más siniestros. Es que, a riesgo de sonar como viejos rezongones, las películas de terror ya no son lo que solían ser. Hoy día, las piezas de este género muestran ciertos ingredientes en común que nos llevaron a preguntarnos en ¡NEP! qué se escondía detrás de esta aparentemente inocente (más allá del sádico asesino que le corta los tendones de Aquiles a sus víctimas para que no hagan pie en la pileta y mueran ahogados en medio de violentos y aterradores espasmos) moda.

 

Silvio, el obeso personaje que regentea el videoclub de la vuelta de casa, comparte esta visión. “Antes eran todos bichos babosos, minas virgas y platillos voladores. Pero eso no esiste más, si queré mirar una de ésas nostá en dividí.”, gruñe al tiempo que le cambia la yerba al mate. “Ahora si no curtís la onda del internés y el imei no entendés nada.” Es que según el curtido titular del comercio, los filmes de terror y suspenso están explícitamente ideados para el público joven. “Son todas iguales, son. Más rebuscadas que programa de Canal Siete. Yo no sé a quién se les pueden ocurrir ideas así, pero seguro son ponjas.”

Con pavor nos percatamos de que nuestro robusto vecino no podría estar más acertado. Temblando nos encerramos en nuestro cuarto, bajamos las persianas y nos embarcamos en una exhaustiva investigación online. En los sitios especializados en Hollywood, solo algunas pocas noticias sobre comedias y filmes de acción se mantienen a flote en un mar de títulos que nos dan cuenta de hospitales de tortura, macabras residencias juveniles eslavas y siniestras carreteras interestatales recorridas por asesinos. En todas estas películas predominará no la vocación de asustar, de hacernos saltar de nuestros asientos, sino de asombrarnos con lo inútilmente sádica que resulta la tortura del verdugo.

Una semana después, el hambre y nuestro propio olor corporal pueden más, y decidimos pasar a la próxima etapa de la investigación. Una peligrosa (y no lo digo por la despiadada e infalible máquina de matar de otro mundo activada accidentalmente por un joven saqueador de tumbas al ingresar a un misterioso templo egipcio en el alto Nilo) excursión nos lleva a través de incontables y siniestros complejos de cine multisalas plagados de repugnantes criaturas del Inframundo que al engañoso grito de “¡Ésa, mamá, la de Patorucito!” nos rodeaban expectantes en todo momento, amenazándonos permanentemente con sus extrañas armas disimuladas como bolsas de pochoclo. Con nervios de acero y un arma semiautomática cargada en todo momento bajo la campera asistimos vez tras otra a la proyección de filmes de terror de la más variada índole: el del mensajito de texto maldito, el del MSN Messenger maldito, el del boleto de colectivo maldito, el del billete de dos pesos maldito, el del billete de diez pesos malditos, y el del billete de cincuenta pesos malditos. Al cierre de esta edición todavía no se había estrenado la última entrega de la saga, la del billete de cien pesos maldito.

 

De vuelta en nuestro cuarto de persianas bajas y acumulados hedores, la recuperación de nuestra investigación de campo se nos hace larga y penosa: poder dormir nos lleva tres días; tirar la cadena del baño, ocho. Día por medio, Silvio, hombre de calle pero sensible, amén de claramente percatado de nuestro irrevocable compromiso con el tema que nos atañe, nos acerca vituallas y nos hace compañía desde el otro lado de la puerta, al tiempo que ceba su eterno mate y nos regala su experiencia de vida acumulada: “Calmate pibe, que te va salir ‘na úlcera,” nos espeta manteniendo siempre su tono lacónico, evidencia inequívoca de un hombre que las ha vivido todas y ya nada lo perturba. “Te soy sincero, yo pensaba que tener que aguantarme que mi jermu vea a ese Tinelli todas las noches me estaba volviendo del marulo, pero ahora me doy cuenta de que estas porquerías que alquilo son las que pueden llegar a dejarme como vos.”

Por incontables minutos sigue Silvio con su consuelo vacío, más para hacer acto de presencia que para intentar calmarnos con alguna idea tranquilizadora. Su voz retumba en las paredes de porlan que transpiran. El techo de cinc no ayuda, y a esta altura no discernimos si es más insoportable el calor de avanzada primavera, o el interminable soliloquio sobre los jueces de Bailando por un Sueño que lleva a cabo el dueño del videoclub.

Con el correr de las horas, la situación llega a saturarnos, y ya no nos afecta ni la alta temperatura ni la voz de Silvio, que comienza a despedirse en medio de refranes gastados que pronuncia a modo de moralejas. Vaya a saber qué habrá dicho el pobre gordo en todo este tiempo.

 

De pronto nos activamos maquinalmente, conducidos por un momento de inspiración maniática, quizá alimentados por cinco días de vivir a pochoclo azucarado en oscuras salas invadidas por asesinos de escalpelo, o tal vez empujados solo por el tedio de incontables horas en sofocante suspensión. Todo papel o símil a tiro sirve: servilletas, papel higiénico, la alfombra. Frenéticamente garabateamos por todos lados conceptos que, evidentemente, nuestra mente no entiende pero nuestra mano sí. En algún punto, Silvio se despide, y un poco refunfuñando, se queja bonachonamente de nuestra ingratitud al no devolverle el saludo. Promete regresar más tarde a ver cómo andan las cosas.

Perdemos cuenta del tiempo. Más tarde, Silvio ha regresado y está ahora golpeando con contundencia nuestra puerta de madera balsa, lo que provoca nuestra inmediata salida del trance. Enseguida nos percatamos que estamos escribiendo en el reverso de los boletos de cine. Por suerte, son más de treinta y cinco y, dada nuestra obsesiva letra en miniatura, no adolecemos de falta de espacio.

Y así, tan pronto salimos de nuestro estado hipnótico quedamos nuevamente absortos ante el monumental volumen de la obra que acabamos de escribir. Tal es nuestra sorpresa que desoímos los golpes de puño cada vez insistentes del gordo, cuya voz comienza a sonar nerviosa.

Reímos infelizmente, como ríen los supervillanos cuando son pagados con su misma moneda, y no pueden sino reír. La emoción es tal que nos quita la energía para poder incorporarnos del piso, en donde nadamos casi ahogándonos entre párrafos de letra inconstante, bocetos con flechas que se disparan para todos lados, dibujos de una genialidad esotérica. Reímos.

Silvio consigue romper el picaporte a patadas justo en el instante en que nos ponemos de pie, sosteniendo como una mano de naipes los boletos de cine, densos en líneas manuscritas, conformando nuestra propia Biblia de bolsillo. Todavía reímos; tanto que no sentimos el agudo pellizcón en el brazo. El bueno de Silvio no vino solo. Alguien entró con él, vestido de blanco, y nos encandila apuntándonos con una linterna. Pero ya no nos importa, vamos perdiendo el interés en todo salvo en dormir. Antes de entregarnos definitivamente a Morfeo, logramos hacer un boyo los boletos y empujarlos en un siete que tiene la gastada alfombra de nuestra habitación.

 

Las tres semanas siguientes no son sencillas. Escapar del neuropsiquiátrico, particularmente, no lo fue. Ya afuera, entendemos que Ellos están en todas partes; no podemos confiar ni en un bonachón encargado de videclub. Pero una cosa es cierta: aquél sencillo cuartito con techo de chapa que alquilábamos no es seguro. Así que solo pasamos un instante, lo justo y necesario para romper la ventana, desgarrar la alfombra y recuperar nuestra preciada Biblia.

Al repasar el arrugado manojo, nuestra desilusión crece boleto tras boleto. A partir del tercero, la caligrafía se convierte repentinamente en garabatos de un alfabeto inexistente, propios de alguien más preocupado en simular un trance que de uno que realmente lo haya tenido.

Y sin embargo, cuando finalmente leimos los dos primeros tickets lo comprendimos todo. Las películas de terror ya no daban miedo, sencillamente, porque no las escribía ningún ser humano. Eran computadoras. Y las computadoras, se sabe, están para hacer cosas complicadas, no para hacer cosas que asusten –a excepción de esa película con Matthew Broderick, por supuesto.

Pero para darnos cuenta de esto, teníamos que haber pasado cinco noches y cinco días parapetados tras mullidas butacas de cine con olor a chicle, rodeados de espías disfrazados de parejitas enamoradas, de diabólicos enanos caracterizados en niños gritones, de tenebrosos vigías de Ellos simulando ser acomodadores. En todo ese tiempo que ahora se nos hace turbio y difuso, logramos finalmente alcanzar el estado de tensión necesario para mimetizarnos con la mente binaria de la computadora que escribía las historias. Y cuando lo volcamos a papel, entendimos por fin que, ahora, nosotros también eramos máquina. Y entramos así en el bucle del que no pudimos salir en las treinta y dos páginas restantes.

Mientras tanto, en Estados Unidos, los guionistas que ven amenazadas sus fuentes de ingreso hacen huelga. No, si yo digo macanas.



Entonces...