El Ilustre Desconocido Ilustrado

Mounstro

por



Por cuarta vez en la noche un despertar brusco recibe a Lorenzo. Sudor helado baña al cuerpo que se agita jadeante. La localización espaciotemporal tarda en llegar; el tormento onírico se difumina poco a poco, se diluye entre los pliegues de la inconciencia. Intenta recordar, pero no puede.

Se recuesta nuevamente, y envuelve su torso en sábanas que su madre llego a detestar.  Lejano el cansancio, no puede dormir. La cacofonía del silencio nocturno lo mantiene alerta. Algo indeterminado flota en la negrura mas desconcertante. Debajo el ensordecedor pitido, un leve susurro se repite, una y otra vez. El discernimiento de que se trata de una respiración, ajena a la propia.

El pánico paraliza a sus miembros de músculos tensados. La opción de encender la luz queda descartada: implica abandonar el recinto que lo protege, lanzarse a lo desconocido en búsqueda de un interruptor ubicado sobre el extremo opuesto. Tortura del lento acoso, contemplación de la futura víctima. Su pregunta reverbera en las paredes. La respuesta es el murmullo que crece, hedor cálido y nauseabundo sobre el rostro, baba en sus mejillas.

Esther despierta de un sobresalto. A pesar del codazo a las costillas del marido, no logra corroborar lo que supone un grito. Sin despertar del todo, chancletea con sus pantuflas en el largo pasillo que la separa de su destino. Su máxima de respetar la intimidad ajena se hace añicos al golpear y no obtener respuesta. Abre la puerta, vuelve a preguntar. Sus manos recorren la textura de la pared, en búsqueda del interruptor. La cámara oscura se disuelve. Daguerrotipo de miembros mutilados y vomito de sangre sobre sábanas de mázinger Z. A sus pies, el cráneo de su hijo la observa.

El mounstro violeta que se esconde en el armario se ha cobrado otra victima.



Entonces...