El Ilustre Desconocido Ilustrado
El tenebroso caso del oriental escatológico
por Monsieur Côtelette
Alberto dormía sopopíferamente a pata suelta cuando de repente un repiqueteo lo perturbó. ¡RINGG! ¡RINGG! ¡RINGG! El teléfono digital temblaba de midi. Obligado a socorrerlo, de muy mala gana se erigió y dirigió descalzo y en calzoncillos hacia el aparato. Su “día por estudio”, tan meticulosamente planeado, se vio arruinado en un instante.
Al principio pensó que se trataba de algún iluso haciendo bromas telefónicas. Luego de medio minuto de no entender demasiado las cosas, su primera reacción fue putear y cortar. Recordó al instante un episodio ocurrido unos años atrás, cuando unos compañeros de secundario realizaron las misma humorada a tal temprano horario y en pleno febrero, distendiéndose de los arduos exámenes de biología que los esperaban días mas adelante. Claro que sus compañeros ya no eran compañeros, no los veía hace tiempo, y también dudaba de que estuvieran juntos a tal horario, pero quien sabe ¿no? De todas formas, tampoco se proponía a averiguarlo: lo esperaba una cama bien calientita. Ya emprendía la vuelta cuando sonó de nuevo.
Los vocablos eran siempre los mismos, pero incomprensibles. Ante cada final de frase, Alberto intercalaba un “¿eh?”, “¿que?”, “de nuevo”, “no entiendo”, “NO LE ENTIENDO” y así en la recursividad, hasta que por fin su cerebro hizo sinapsis. La voz decía algo así como “papel higiénico china”. La puteada fue ésta vez mas larga, amenazante y grosera. El ring de nuevo. “¡Acá no hay papel higiénico!”, “¡Tampoco hay ninguna china!”. Y eso finalizó la contienda.
Unos días después, Alberto dormía nuevamente a pata suelta a medianas horas de la mañana. Su plan tan meticulosamente planeado -que consistía en firmar él mismo un certificado de examen fotocopiado- había sido descubierto en la oficina y fue la última gota que rebalsó un vaso lleno de hipocondrías autoinducidas. Si bien había sido despedido, con el tiempo se acostumbró a estar “entre trabajos”, ya que al menos podía dormir. Eso creía al menos. Y El teléfono comenzó a sonar. “¿Papel higiénico?”, preguntó una voz asiática del otro lado del teléfono. Alberto no supo que pensar. Por un breve instante tuvo miedo de estar siendo acosado por algún chino obsesionado con el sistema defecatorio. Prefirió cortar el teléfono y no atender más en toda la mañana, a pesar de que éste sonó ininterrumpidamente por el lapso de unos veinte minutos. Esa mañana ya no durmió más.
Con los meses la cobardía inicial se transformó en una anécdota graciosa y misteriosa. Solía bromear con que se trataba de una sentencia de muerte similar a la del film nipón Ringú, en donde una voz de fibra óptica anunciaba a la parca en un plazo de siete días. Según Alberto, le esperaba un deceso por asfixia, luego de que alguien lo ahorcara y obligara a tragar rollos y rollos de tal noble producto vegetal. Todo se vio reducido a un relato de esos que nunca se terminan de saber si son verdad o no.
Y entonces nuevamente ocurrió: el aullido espeluznante desgarrando sus sueños heróicos; la voz incapaz de pronunciar la doble érre exigiendo su venganza. Seca. Repetitiva. Violenta. Incansable. Alberto pegó un grito y dejó caer el tubo. Desconectó la ficha y, temblando, comenzó a llorar como nunca lo había hecho. Sus retinas destilaban soluciones saladas. Los mocos se le atragantaban por el tracto. Tomó sus piernas y se enrolló en si mismo, y no se soltó por largo tiempo.
Una vez pasado lo peor, reunió coraje y se dirigió a la cocina. Intentando tranquilizarse y olvidar el mal momento, cargó la pava con vistas a un té, y lavó su cara y manos llenas de fluidos en la pileta. Acto seguido, buscó pañuelos descartables para solucionar el tema de la nariz, pero no los encontró. Pensó en rollo de cocina, pero descartó la idea al instante, ya que suelen ser medio ásperos. La solución era obvia. Servilletas. De papel.
Solo entonces comprendió. El número telefónico de la fábrica productora era casi idéntico al suyo, excepto por un número. Y los autoservicios chinos son una plaga.





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