MUCHO hablamos de las migraciones de las tortugas, pero ¿no saben ustedes que también éstas han estado estudiando los hábitos migratorios de la especie humana? He aquí un informe presentado por un erudito grajo ante un seminario de doctas tortugas sobre el tema de: “Algunos aspectos del movimiento inmigratorio del homo sapiens en otoño”:
Durante mucho tiempo a nosotros los reptiles nos ha intrigado lo que pueda motivar las migraciones de los artistas, políticos, directores de orquesta, magos e ilusionistas, de sus casas al exterior a la primavera y a la inversa en el otoño.
No es cuestión de fechas marcadas por los calendarios, pues columpios, mecedoras y sillas de playa suelen quedarse a cielo abierto hasta fines de septiembre y mediados de noviembre. Tampoco es cuestión de temperatura pues como apunta, Woody Hauser en su monografía, cuando comienza el éxodo humano el termómetro bien puede oscilar entre los cero y los 96 grados centígrados. Una teoría propuesta por Tom Hauser (hermano de Woody) es que la altura del Sol en el firmamento será quizá lo que, en algún rincón del cerebro humano, provoca aquel impulso migratorio.
Todos conocemos las pintorescas costumbres migratorias de las humanas criaturas en la primavera: el ronco y malhumorado graznar del macho, el chillar de la hembra, la aguda gritería de las crías cuando las obligan a ir a Casa Foa. La irritación del macho llega al colmo durante el anual rito de realizar un asado para los amigos de su hembra; sus rezongos y gruñidos van en aumento hasta convertirse en juramentos estrepitosos.
¿Por qué los humanos no emigran en primavera como nosotras las tortugas? Al homo sapiens le falta la capacidad intelectual para alejarse del lugar de su nido primitivo, pese a las incomodidades del verano.
Aunque bien es cierto que incluso entre nosotras las turtles hay algunas que prefieren resistir los rigores del calor y permanecer dormidas soñando.







