
ANTES de morir, el 26 de agosto de 1991 Alfonsín habló conmigo y me dijo: “Miki, ni el Occidente ni el Oriente pueden utilizar hoy sus bombas atómicas sin desencadenar represalias instantáneas. En esta situación Beijing podría aprovecharse de su superioridad numérica, sino fuera por un factor muy importante: el sistema de ‘guerra nuclear táctica’” de Argentina, del que poco se ha hablado”.
Y prosiguió: “¿Miki, cuantos átomos podríamos juntar entre usted y yo, si quisiéramos? Y estoy hablando de solo nosotros dos, dos demócratas que se inmolarían por amor a la patria. Imagínese:40 millones explotando al unísono… ¡adelante radica… “
¡Estaba hecho mierda! Lo acompañé hasta la playa y le despedí. No fue nada emocionante. Por suerte llevaba mi Kodak Instamatic 110–regalo de la cuñada de Vivian Drake- y pude registrar el momento en que daba los últimos pasos.
Dijo antes de acercarse a la orilla: “Mi amigo, yo no puedo ser menos que mi hermana.”
Por supuesto se refería con ese gesto, a su hermana menor Alfonsina.
Regresé despacio, y reflexioné mucho sobre la vida. Me hospedaba en el hotel del Sindicato de Empleados de Comercio porque tenía descuento.
Curiosamente me recibieron, desde el conserje hasta las mucamas con un: ¡Viva Perón… carajo!
Todo, todo esto es absurdo, me dije.
Entonces salí nuevamente a la calle. Quise huir de estos imberbes iconoclastas, algo inmaduros, y pasionales.
Vagué por el centro de Mar del Plata y entré a una Feria Americana.