En mi oficina feng shui
por suerte me dejan fumar
pero solo en la ventana.
Entonces abro las hojas
y me cago de frÃo por un rato.
AsÃ, realizo lo que tantos,
aquello que hace grande
a este paÃs:
evito trabajar.
Un dÃa
cansado de observar
la piscina del hotel gay que hay al lado,
siempre vacÃa,
siempre tentadora,
si no fuera por los gays que no están,
miré hacia abajo
a un patiecito perdido
que debe ser del portero,
perdón, encargado,
del edificio
laboral.
Entre una chapa oxidada,
y muchas prendas secándose
(lo que me recuerda que debo hacerlo con las propias,
puesto que el lavadero me achica la ropa,
y una remera se transforma fácilmente en topcito),
hay una jaula,
demasiado pequeña
para el pájaro que hay adentro,
que no se que tipo de pájaro es,
porque de ornitologÃa entiendo
poco y nada.
Fue entonces cuando
una segunda ave,
ésta en libertad,
se posó sobre la jaula,
y empezó a revolotear.
Hubiera seguido observando,
pero mi jefe
irrumpió en escena,
malgastando una colilla a medio terminar.
La escena de las aves se repitió varios dÃas,
y parece ser siempre el mismo,
el que acechaba al privado de su libertad.
Por lo general se queda inmovil,
y de repente salta,
y casi al instante el segundo responde;
o amaga con irse,
y se posa en un cornisa,
para luego retornar,
y retomar
el baile a distancia.
La imagen llenóme de conjoga:
el ave que añora su libertad,
el par que lo observa azorado,
incapaz de hacer algo,
de romper las rejas,
que separan a su hermano
del mundo real.
Quizás se trate de viejos conocidos,
pensé,
unos amigos de la infancia
que se vuelven a encontrar.
O puede que solo quiera su comida,
ese apetitoso alpiste,
apetitoso desde su punto de vista
claro está,
que reposa tan cerca y tan lejos,
detrás de unas tiras de metal.
De todas formas
lo mas probable,
es que
como todas las cosas,
se lo quiera fifar.