Con su uña encarnada cubierta con una venda improvisada a base de algodón y cintaescoch, entra cabizbajo a la sala de diez metros cuadrados sin ventana y realiza los trámites pertinentes con la secretaria de turno, los cuales le permitirán atender al turno que solicitó con antelación a la secretaria de su médico de cabecera elegido al azar en la cartilla. Se dirige al otro lado del salón y se deja caer pesado sobre la única silla de plástico acolchado libre, maldiciendo para sus adentros al solicitadísimo horario de las diecichococuarentaicinco horas, gracias al cual es probable se vea obligado a esperar durante quien sabe cuantos chiclosos minutos. Toma alguna revista y lee algún chimento pasado de moda que ya no tiene sentido, que nunca tuvo sentido se corrige al instante. Ofuscado va a servirse una segunda, pero descubre que la otra opción son magazines dedicados a la pesca deportiva y se da por vencido.Frente a el, una obesa niña con claros problemas de autoridad lo observa de con un entrecejo fruncido en forma apenas perversa, y le muestra su lengua, la que vuelve a su recinto de origen para hacer puchero una vez recibido el regaño de su madre, escuálida y efímera dama desprovista anatómicamente de músculos, hecho que produce, ante la observación de la susodicha en conjunto con su progenitora, la sensación de que los problemas de autoridad de la pequeña -pequeña cronológicamente hablando- han empezado en el vientre materno y, viciosa, la mullida infante hubiese hecho uso del cordón umbilical como si este se tratara de una manguera a presión propia de bombero y absorbido todos lo nutrientes ingeridos durante los nueve meses de embarazo. Y ni hablar de la lactancia.
A su lado, una señora con medio siglo sobre sus espaldas, a la cual solo puede examinar mediante el reflejo proyectado sobre el vidrio protector de una lámina de un cuadro de dudosa calañe, lo observa solo por un instante y solo de reojo, para luego proseguir con el minucioso análisis de sus perfectas uñas postizas que por alguna razón insiste en emparejar con un lima, como si aquel recién llegado, o incluso cualquiera en la sala, no merecieran más que un segundo de su atención el cual es seguido de despectiva mueca de labios embadurnados color carmín, como para demostrar su descontento quien sabe con que cosa. Gesto que, por otra parte, cabía esperar que realizara con todo el universo conocido y por conocer, excepto, claro está, que se tratara por ejemplo de una personalidad pública de cualquier índole incluida vedettes y literatos, a la cual probablemente se le abalanzaría estrepitosa en búsqueda de un autógrafo un beso una foto, el deseo de un poco de algarabía premenopáusica y, quien sabe, quizás la fantasía de un romance fugaz de una noche, hecho que jamás ha ocurrido y es probable que jamás ocurra a pesar de que la señora afirma haber conocido en sus años mozos la intimidad de un galán de telenovela pasado de moda.
A su derecha, ocupando la última silla del consultorio se encuentra un demacrado y muy pronto calvo oficinista, uno de esos con zapatos añejos, una batería de trajes idénticos y nudos de corbata filosos y siempre asimétricos, que lo analiza desconfiado, quizás simplemente por el hecho de saber que, a diferencia de él, que tuvo que hacer tiempo en el centro para atender al único turno de este bendito doctor de morondanga y encima llegó temprano, el recién entrado ha arribado sobre la hora y en consecuencia es probable que pase al consultorio primero, mientras que él se verá obligado a esperar otros quince minutos más con la vena hinchada por deseos de hogar, un pobre pero honrado laburante de doce horas por día como un negro rompiéndose el lomo por unos mangos mugrosos que no te alcanzan para nada en este país de corruptos y chantas y encima acá no se puede fumar pero la gran siete para que le habré hecho caso a Martínez de contaduría y me pasé a esta obra social que resulta ser una porquería todo para ahorrar unos mangos que no alcanzan para nada con esta inflación galopante no si algunos parecemos meados por un elefante, y todas esas cosas.
Ya sin ningún interés en la revista, interés que nunca tuvo se corrige al instante, pasa las páginas en forma mecánica mientras el oficinista cuenta los cerámicos del piso y la mujer de aire engreído observa siempre de reojo a la mocosa de tamaño considerable la cual juega a retorcerle la cabeza a su muñeca con tal vehemencia que consume calorías y para reponer el desgaste pide un alfajor a su madre la cual se niega primero y cede luego solo porque tiene su mente ocupada en la confección de la lista de las compras que rápidamente olvida al igual que el oficinista olvida la cuenta de azulejos que estaba llevando y empieza de nuevo y la mujer de aire engreído continúa observando a la niña pero ahora sin mirarla y él empuja las paginas hacia la izquierda sin reparar en su contenido todo porque creen oír que alguien va a salir del consultorio.
Pero no, eso no pasa. Y entonces vuelven a sus tareas. Y esperan. Todos. Esperan a que la puerta se abra con un crujido y un paciente salga primero, seguido del doctor que avanza solo un poco por sobre el umbral de su lugar de trabajo y llama sin ganas al apellido de alguno, con un poco de suerte uno, y que alguien, ojalá uno, se levante contento porque ahora podrá ser diagnosticando como se lo merece, porque la espera ha terminado y no deberá seguir soportando el sopor mental del inactivo agotado de examinar la grotesca lámina que reproduce un grotesco cuadro, soportar deseando que uno sea el próximo en ser llamado y se convierta en el ganador en la competencia por ver quien entra primero a la cual todos se prestan silenciosos y supuestamente indiferentes, deseosos para sus adentros escuchar el nombre impuesto y declararse victoriosos con el esbozo una leve pero socarrona sonrisa burlona de sus contrincantes que casi nunca pasa desprevenida y tiene como respuesta el fruncido de seño y entrecerrado casi imperceptible de ojos, la maldición a volumen inaudible al doctor sobrecargado de turnos, a su madre, a toda su familia incluida, al sistema de prepagas y, por sobre todas las cosas, al recién llegado con suerte, que se levanta y devuelve la mueca a la niña obesa, la mirada al oficinista que protesta para sus adentros la falta de respeto que estos vivos tienen con uno, el desprecio indiferente a la cincuentona de aire engreído la cual ya ha vuelto a psíquicamente a los pectorales de su profesor de aerobics, y magnánimo estrecha la mano del doctor que en exactos 346 segundos lo despachará hacia la mesa de la secretaria, previa invitación a solicitar otro turno para así poder extirpar esa uña encarnada que fue el comienzo del asunto.