El espera impaciente por el colectivo. Ella, unas personas atrás en la fila, calcula las probabilidades de lograr viajar sentada. El sube y ocupa un asiento individual. Ella se sienta frente a el, protestando por tener que viajar apuntando hacia atrás, lo cual suele producirle nauseas. El levanta la vista de su mochila semiabierta en donde buscaba un libro y nota su presencia, haciéndose el distraÃdo y retomando rápidamente su búsqueda. Ella lo observa unos instantes después, simula no haberlo hecho, y procede a abrir su bolso rosa chicle.
El se pregunta si deberÃa saludarla, a pesar de ya tener el libro en sus manos. Ella, por el contrario, no lo hace. El se argumenta que la charla seria insostenible, debido a que su pésima memoria no le permite recordar cual es su nombre. Ella jamás le dirigió la palabra por más de dos minutos seguidos, y no le interesa comenzar a hacerlo ahora. El duda de nuevo. Ella saca su celular del bolso. El se convence con que ya paso demasiado tiempo como para que la sorpresa fingida sea creÃble. Ella nunca pensó siquiera en saludarlo.
El abre su libro en la hoja señalada y la lee de forma automática. Ella, mientras tanto, sonriente, envÃa mensajitos de texto a su galán de turno. El levanta su mirada solo por un instante, tiempo suficiente como para notar el estado de ánimo de su compañera de viaje. Desconfiado repite la operación unos segundos mas tarde. Ella sonrie producto de la respuesta del mensaje, desencadenando en el una progresión sentimental de impotencia primero, desilusión luego, nerviosismo, cólera y ofensa, reacción que ella no descubre, ensimismada en las barrabasadas que está escribiendo. El, descolocado, se endereza y choca su rodilla con la rodilla enfrentada, arruinando definitivamente su lógica y brillante decisión y condenándose asÃ, a una hipócrita charla que durarÃa el tiempo en que tardara en llegar a destino.
El, aterrorizado pero orgulloso, pide unas viriles y susurrantes disculpas, clavando inmediatamente sus ojos en el inerte trafico de un viernes a la tarde. Ella, sin levantar mirada de la diminuta botonera, vomita un pegoteado e inteligible “todobien”, y presiona la tecla “send”, retornando a su rol de pasajera. El es obligado a dejar su tarea por causa del enverdecimiento del semáforo que interrumpÃa el libre albedrÃo vehicular, y descubre que su libro sigue abierto en el exacto lugar de antes, y que lo lleva asà desde unos minutos, que ella lo está mirando, que mira su cara delatora y no puede evitar reÃrse, entendiendo sus fallidos intentos por hacerse el desentendido, y que al devolverle la mirada ella tapa su boca y tose falsamente, tratando de ocultar lo que no es posible ocultar, riendo en secreto, levantándose para presionar el botón para bajar en la próxima parada, siempre tapando su boca, queriendo evitar sin éxito la irrisoriedad del asunto, y dirigiéndose hacia el fondo, bajando las escaleras y alejándose del colectivo, como asà también de la escena y también de él, que suspira profundo y prosigue con la lectura del libro, sin éxito, sin poder desentenderse de ella, que lo olvida al instante.